Una noche al levantarse la sesión, Miguel sintió que le tocaban en el hombro; era Valle, el marido de su prima Eulalia, uno de los oradores más importantes a la sazón, no sólo del Ateneo, sino también del Congreso. Los años habían arrancado a su rostro aquel tinte afeminado y poético de que hemos hecho mención y se lo habían dado más varonil, trasformándolo en un hombre hermoso y distinguido; gastaba largos bigotes, donde brillaba ya tal cual hebra de plata; vestía con refinada elegancia y continuaba sonriendo con dulzura a cuanto le decían. Por lo demás, hacía ya tiempo que era moderado, y de los más intransigentes; había sido gobernador en varias provincias y diputado en dos legislaturas. Desde algunos años antes, los niños a cuya protección había dedicado tantos desvelos yacían abandonados a sus propias fuerzas, lo mismo que los negritos. De aquella fervorosa manifestación de entusiasmo democrático y tierna sensibilidad, sólo quedaban en las librerías de viejo algunos residuos acusadores. En varias de ellas solía verse todavía algún folleto abolicionista de Valle con su correspondiente negrito aherrojado en la cubierta, las manos levantadas al cielo en demanda de justicia. Ningún transeúnte le hacía caso, y era más que probable que así se estuviese de rodillas hasta que fuese a parar más tarde o más temprano al montón del papel inútil; el mismo Valle, al cruzar por delante de él, solía apartar los ojos con desprecio, no exento de rencor. El negrito auténtico, esto es, el de carne y hueso que asistía a los banquetes abolicionistas, hacía ya tiempo que había desaparecido de Madrid sin que nadie supiese dónde había ido a parar: tal vez cansado y ahíto de las comidas sentimentales, se hubiera marchado al África a reponer el estómago con los platos más nutritivos de la cocina antropófaga.
—Oyes, Miguel, ¿tienes noticia de tu familia?—le dijo con amable entonación, pero rápidamente, como si le llamasen en otra parte y tuviese muy poco tiempo que perder.
—No señor; hace una porción de días que no tengo carta de papá; hoy le he escrito otra vez...
—Pues sé que está un poco enfermo.
A Miguel le dio un brinco el corazón.
—¿Ha habido carta?
—Sí, ha habido carta.
—¿Y cómo no me han escrito a mí?
—No lo sé; lo que hay de cierto es que tu padre no está bueno, que es un hombre, aunque no viejo, muy gastado por los achaques, y que debéis estar prevenidos para cualquier suceso desagradable.
Nuestro estudiante se sintió profundamente conmovido; guardó silencio un instante y no queriendo preguntar más porque adivinaba vagamente que algo terrible le querían comunicar, dijo únicamente: