Otras veces, cuando paseaban juntos por el Retiro y llevaban largo rato sin despegar los labios, decía Miguel:

—¿A que no sabes, Perico, para lo que me sirves tú en el paseo?

—¿Para qué?

—Para darme sombra.

En efecto, Mendoza era tan alto y tan gordo, que la figurilla de Rivera se resguardaba perfectamente detrás de él.

—En resumidas cuentas, lo mismo me da caminar contigo por aquí que con un árbol frondoso: eres tan fresco y tan sombrío como cualquiera del Retiro.

Y cuando algún amigo los tropezaba y les decía:—Siempre juntitos, ¿eh?—Miguel contestaba guiñando el ojo:—El que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija.

Perico ponía una cara muy indigesta y masticaba algunas palabras de disgusto.

Siguió aplicándose el hijo del brigadier al estudio del derecho, si bien con cierta desigualdad: mientras en algunas asignaturas apretaba de firme y llamaba poderosamente la atención del profesor y los compañeros, otras las abandonaba casi por completo. Su padre le seguía visitando una que otra vez y se mostraba en extremo complacido de su conducta y aplicación: no tanto de su economía; fuese por motivo del gasto suplementario que Mendoza le ocasionaba o por su propia prodigalidad, o por ambas cosas a la vez, lo cierto es que gastaba bastante más de lo que debiera. Cuando el brigadier se lo advertía suavemente, quedaba algunas horas triste y pesaroso, formaba propósitos de enmienda; pero a los pocos días olvidábase enteramente de ellos y seguía dando acometidas crueles al bolsillo paterno. Pasaba las vacaciones en Madrid, o a todo más se iba algunos días al Escorial en compañía de una familia conocida. El brigadier, cuando llegaba el verano, le invitaba a irse con ellos a un pueblecito de la costa donde solían pasar los meses de calor; pero Miguel observaba tal vacilación y frialdad en este convite, que comprendía perfectamente que no debía aceptarlo: su presencia en la casa era ocasionada a muchos disgustos, y de ningún modo quería que su buen padre padeciese ninguno por su causa.

En el cuarto año de su carrera se hizo presentar como socio en el Ateneo. Desde entonces fue asiduo discípulo de sus cátedras y tertuliano de sus pasillos; mañana, tarde y noche, en todas las horas que las clases le dejaban libre, se encerraba en el clásico establecimiento, centro resplandeciente en aquella época de las ciencias y las letras; ordinariamente pedía un libro y se enfrascaba en la lectura; en poco tiempo se tragó un número considerable de volúmenes, versando casi todos sobre estética y filosofía. Era el terror del bibliotecario, pues le traía constantemente en ejercicio, encaramado sobre los armarios. Una vez en posesión del libro apetecido, nuestro mancebo corría a sentarse al lado de la chimenea y se dejaba tostar las pantorrillas, mientras el cerebro navegaba por los mares ignotos de la metafísica; primero faltaría el sol en su carrera, que nuestro estudiante en una de las butacas de terciopelo carmesí del Ateneo. Al llegar el mes de octubre empezaba éste a poblarse, y sus pasillos a rebosar de campeones literatos y filósofos que noche y día se ejercitaban en el arte de la discusión; no sin detrimento de los tímpanos de otros socios más pacíficos. Al mismo tiempo se abrían la cátedras donde se explicaban las materias más indispensables para la vida: los orígenes de los pueblos semíticos; examen del código Gregoriano; el hombre en el terreno terciario, etc., etc. En la sesión de ciencias morales se debatían arduos e interesantes problemas: en la de literatura se leían versos tan arduos, aunque menos interesantes.