Los dos últimos meses Miguel asistió puntualmente a las clases, y se dio tal atracón de estudiar, que obtuvo en los exámenes la nota de sobresaliente en una asignatura, y la de notable en otras dos. Mendoza, apesar de su constante aplicación y de sus voluminosos cuadernos de apuntes, no consiguió más que la de bueno en las tres asignaturas. Por más que esto le dejase un poco despechado, no lo manifestó; estaba acostumbrado ya a ver a Miguel meterse en la cabeza los libros rápidamente; por otra parte, el hijo del brigadier tenía la delicadeza de no comentar el asunto de las notas y darle muy poca importancia.

En el curso siguiente Miguel dejó la compañía del teniente y sus disipados amigos y se aplicó de todas veras al estudio. Pronto adquirió fama en la Universidad de buen estudiante, y más particularmente de muchacho despejado e ingenioso. Comenzó a llamársele entre los compañeros Riverita a causa de su figura exigua y también por su carácter alegre y decidor. El suyo y el de Mendoza formaban contraste notable, y quizá en esto consistiera aquella mutua simpatía que a entrambos los tenía sujetos: mientras Miguel tenía a todas horas suelta la llave de la conversación, a Mendoza había que sacarle las palabras del cuerpo con tirabuzón. Si por casualidad aquél guardaba silencio, no había miedo que éste lo turbase; horas enteras se pasarían sin comunicarse nada. Muchas veces, después de comer, se sentaban ambos al par de la chimenea; era el momento en que a Miguel le asaltaba la melancolía; se acordaba de su padre, de la triste suerte que le había cabido separado de él, viviendo sin familia hacía ya tantos años. Solía permanecer callado y taciturno algún tiempo, durante el cual Mendoza le seguía el humor y se mostraba más taciturno todavía, aunque sin motivo alguno. Al fin, cuando los malos pensamientos de Miguel se disipaban, rompía súbito el silencio poniéndose a cantar o a brincar, si es que no se le ocurría alguna cosa para embromar a su amigo:

—Oyes, Perico, ¿sabes lo que estoy observando?

—¿Qué?—decía éste levantando los medio caídos párpados.

—Que te suena la cabeza.

Perico abría los ojos desmesuradamente sin comprender.

—Sí; ya rato que la estoy oyendo sonar: hace glu, glu, como las ollas cuando hierben...

—¡Qué tonterías tienes, Miguel!

—Te digo que sí, que te está sonando. ¡Milagro que tú no la oyes!

Perico, entendiendo al fin la broma, se encerraba de nuevo en su mutismo.