—Pongamos quincé... Si hubieses llegado a deberle año y medio, ¿cuántas bofetadas te hubiera dado?

—Me parece que el lance no es para reírse.

—Si no me río: es que soy muy aficionado, como sabes, a las matemáticas. Pero vamos a otra cosa: ¿y por qué debías mes y medio en la posada cuando no hace uno que te he dado veinticinco duros?

Mendoza tampoco contestó.

—Este problema te lo voy a resolver yo. Consiste en que tú, en vez de pagar la posada, gastas todo el dinero en levitas, sombreros, guantes, corbatas, etc., etc. Siempre has tenido la manía de ponerte muy guapote... y sin consecuencias ulteriores, como no sea la de enseñarte de balde por esas calles de Dios... Hasta ahora no te he visto conquistar a nadie más que a la planchadora del colegio...

Esto último se lo dijo en un tono más irritado, que podía achacarse muy bien al recuerdo de su derrota.

—¿Qué te propones saliendo a la calle tan perfilado? Que digan: «¡ahí va un buen mozo!» Pues para tan flojo resultado, no merece la pena que sacrifiques a tu familia, que pases tantos apuros y te expongas como hoy a coger una pulmonía.

Mendoza escuchó la reprensión sin impacientarse. La irritación de Miguel pasó al instante. Llegándose a la cama, y tirándole cariñosamente de los pelos, comenzó a decir riendo:

—Animal, procura estrecharte un poco, y no ronques, porque voy a acostarme contigo. ¡Qué honor para ti y para tu familia! ¿verdad?... Pero has de ser modesto. Perico, ¡cuidado que lo propales por ahí!

La consecuencia de todo fue que Brutandor se quedó definitivamente a vivir con Miguel: éste pagaba un duro por su gabinete; el ama de la casa, acomodándose los dos en él, rebajó el pupilaje a cuatro pesetas cada uno; de las cuatro pesetas que le tocaban, quedó convenido entre ambos que Mendoza pagaría diez reales y Miguel supliría los otros seis en tanto que aquél no mejorase de fortuna. Mas aunque así se convino, lo que acaeció fue que la mayor parte de los meses se vio necesitado el hijo del brigadier a pagar íntegra o casi íntegra la cuenta de ambos. Mendoza continuó perfilándose, como decía Miguel, a más y mejor; cuando éste, encolerizado después de pagar la cuenta desahogaba con él su bilis, ponía una cara tan compungida e inclinaba la frente con tanta humildad, que la ira de su amigo disipábase como por encanto y concluía por reírse y resarcirse del dinero que soltaba con algunos sarcasmos que también resbalaban sobre la piel de Brutandor, sin lograr hacerle cambiar de conducta.