—Ya lo veo, ¿pero antes no has devuelto ninguna de las bofetadas que te han dado?
—Ninguna.
—¿Y para qué quieres entonces esas manazas que Dios te ha concedido?
—Si le hubiera pegado, me llevarían a la cárcel.
Miguel volvió a mirarle de hito en hito, y quitándose el sombrero con afectado respeto, le dijo:
—¡Oh, varón prudentísimo, yo te saludo! Aunque no esté bien averiguado todavía si es mejor llevar bofetadas que ir a la cárcel, no puedo menos de admirar tu profunda sabiduría... ¿Y por qué ha osado poner las manos en tu rostro virginal y aligerarte tanto de ropa?
Mendoza un poco amoscado contestó:
—Porque le debía mes y medio de pupilaje.
—¡Problema!—exclamó Miguel.—Si por adeudarle mes y medio de pupilaje el patrón te ha dado quince bofetadas... ¿Fueron más o menos?...
Mendoza, más amoscado y fruncido, no quiso contestar.