Cuando éste penetró en el cuarto de Enrique, le halló afeitándose frente a un espejo, tan preocupado y atento a su tarea, que no le vio ni oyó los pasos.
—Hola, Enriquillo, ¿cómo va?
Enrique volvió asustado la cabeza.
—Ah, ¿eres tú, Miguelito? Siéntate, hombre, me alegro mucho de verte aquí.
Miguel, en vez de obedecer, se puso a dar vueltas por el cuarto, observando con semblante risueño cuanto en él había. Estaba lleno de atributos taurómacos: sobre la puerta una cabeza disecada de toro; a los lados unas moñas lujosas, con los colores caídos ya por el tiempo; por las paredes algunos cromos, representando las distintas suertes del toreo; una espada y una muleta formando trofeo.
Miguel se detuvo frente a un par de banderillas simétricamente colocadas debajo de la espada y la muleta.
—La última vez que he estado aquí no tenías estas banderillas.
—Me las ha regalado, no hace más que ocho días, Marmita... ya sabes... Marmita—dijo, volviendo el rostro que rebosaba de orgullo y satisfacción.
—Sí, sí... ya sé... Marmita... cualquier bruto, vamos...
Enrique se quedó repentinamente serio y triste.