—Hombre, Marmita es un amigo... Además, hoy no hay quien ponga banderillas como él en ninguna plaza de España... ¿Le has visto el domingo?
—No fui a los toros.
—Pues chico te digo que en mi vida he visto colgarlas al quiebro de aquel modo... ¡Como si no se hubiera movido, chico... lo mismo! La plaza se vino abajo... ¡Era cosa de comérselo!... En el quinto toro puso otras al relance, cuando menos se pensaba, que dejó pasmado a todo el mundo... Sobre el mismo morrillo las dos... ¡Ni pintadas, chico!... La plaza se vino abajo...
—¿Pero no estaba en el suelo ya?
—¿Cómo?
—Sí, hombre, acabas de decirme que se vino abajo en el primer par.
—¡Bueno, bueno!... tú siempre de guasita.
Y dando la vuelta continuó afeitándose.
—Pues hacía ya tiempo—dijo Miguel, después de dar otras cuantas vueltas por la habitación—que echaba de menos aquí unas banderillas. Me extrañaba que teniendo tantas cosas de toros, no hubiera por lo menos un par.
—¿Querrás creer, chico—repuso Enrique, dejándose engañar como muchas veces por el tono serio que comunicaba Miguel a sus palabras,—que no se me había ocurrido?... Cuando Marmita me las mandó, tuve un verdadero alegrón...