—Sí, sí, comprendo que habrá sido una de las más puras satisfacciones de tu vida.
Enrique volvió a mirarle serio y amoscado, y continuó afeitándose. Ya no era su fisonomía enteramente la de un perro ratonero como de niño; había mejorado un poco; no mucho; la mejoría principalmente consistía en que andaba más limpio, sin mocos en las narices, ni repegones en las mejillas; aquel pelo indómito había conseguido, a fuerza de pomadas y cosméticos, domeñarlo, y lo llevaba aplastado sobre las sienes como los chulos. Gastaba la barba cerrada, pero en aquel momento la estaba modificando, dejándose unas patillas de picador muy cucas. Así que hubo acabado esta operación, se volvió hacia Miguel un poco avergonzado; mas como éste le dijese que estaba muy bien y que había ganado bastante con aquel cambio, se puso en seguida de un humor excelente, abrazó a su primo cordialmente, le dio un puñado de tabacos habanos, y comenzó a charlar de cosas alegres.
—¡Lástima, Miguelillo, que no tengas afición a los toros!—le dijo cortando repentinamente el hilo de la conversación y mirándole fijamente con ojos compasivos.—¡Si vieras qué buenos ratos se pasan!
—Si suprimiesen la suerte de las picas, iría con gusto—dijo Miguel con deseo de complacer a su primo, soltando una bocanada de humo.
—¡No digas eso, Miguel, por Dios! ¿Tú no sabes que sin picas no puede haber toros?
—¿Pues?
—Porque irían enteritos a la muerte y quedaría todos los días algún diestro sobre la plaza.
—Debían defender los caballos, al menos, para que no anduvieran las tripas rodando por el suelo.
—¡Ese es otro error!—exclamó Enrique, a quien la discusión interesaba extremadamente.—Los caballos no pueden defenderse, porque si el toro no hallase donde cebarse y tirase siempre los derrotes al aire, concluiría por huirse, como es natural, y no se podría lidiar en las otras suertes. Los que no sois aficionados, siempre empleáis los mismos argumentos, ¡los caballos!... ¡las tripas!... Si atendieseis a la lidia, no repararíais en esas menudencias... pero, ¡claro está! no sabéis lo que está pasando, no os ocupáis de estudiar el toro, os aburrís, y vais a mirar allá al otro extremo de la plaza a ver si a algún caballo se le ha salido el mondongo... Y en último resultado, ¿qué? ¡No parece más que no habéis visto nunca las tripas de un animal! ¿No os coméis todos los días el chorizo en el cocido?
Miguel, que fumaba tranquilamente en una butaca sin atender a lo que su primo decía, preguntó en tono distraído: