—¿Pero no habría algún medio de sustituir esa suerte de picas?

—¡Ninguno!—gritó Enrique.—¡Absolutamente ninguno!

—Bien, hombre, bien; no te enfurezcas.

—¿Te figuras que los toros son una cosa de ayer mañana?... Todo lo que se refiere a los toros está muy pensado... ¡muy calculado!... Los que no entienden una palabra, ven correr al toro detrás de los toreros, y nada más; pero los que han estudiado algo, saben la razón de todos los movimientos que se ejecutan en la plaza...

—Pues entonces—dijo Miguel seria y pausadamente soltando otra bocanada de humo,—te anuncio que cuando sea ministro de la Gobernación, tendré el honor de suprimir las corridas de toros.

Enrique le echó una mirada torva.

—¡Ya se librará ningún ministro de la Gobernación de suprimir los toros!

—¿Y dónde está tu padre ahora?—dijo Miguel levantándose.

La fisonomía de Enrique volvió a adquirir repentinamente su habitual expresión de bondad e inocencia.

—Me parece que no ha salido esta mañana. ¿Quieres verle?