—Sí, tengo que hablar con él.

—Vamos allá.

Y poniéndose apresuradamente una chaqueta, sin haberse metido aún el chaleco, condujo a su primo por los corredores hasta cerca del cuarto de su padre. Allí vaciló un poco, porque seguía profesando a aquella habitación el mismo respeto que cuando niño.

—Raimundo—dijo, viendo a un criado pasar,—entra en el cuarto de papá y pregúntale si puede recibir al señorito Miguel, que desea hablarle.

El criado tardó un rato en salir con la respuesta afirmativa. Miguel entró solo.

Estaba el tío Bernardo sentado en su poltrona, leyendo los periódicos con la misma expresión de hostilidad con que siempre había acogido todas las ideas expresadas por escrito. Había envejecido bastante: la calva, ya dilatada, se la cubría un gorro de terciopelo morado; más flaco y más pálido; el bigote canoso había quedado reducido, merced al lento pero continuado trabajo de la navaja, por entrambos lados, a una motita debajo de la nariz.

—Buenos días, tío, ¿cómo sigue V.?

—Hola, Miguel: bien, ¿y tú?—respondió D. Bernardo sin apartar la vista del periódico.

—De salud, bien.

—¿Te vas resignando?—le preguntó, siempre con la vista fija en el periódico y con un tono ligero que hirió vivamente a Miguel.