—No, señor—contestó éste un poco picado.
D. Bernardo se dignó levantar la vista hacia él manifestando sorpresa; tornó a bajarla y dijo en voz baja y cavernosa:
—Pues no adelantarás nada con atormentarte; hay que someterse a la voluntad de Dios.
—Yo me someto a la fuerza. Resignarse y someterse tranquilamente lo hacen los que no sienten con intensidad las desgracias.
—Supongo que no querrás decirme que yo no he sentido profundamente a tu padre.
—Debo creer que V. lo ha sentido mucho, porque era un modelo de padres, de hermanos y de caballeros.
—Así es, y te aconsejo que lo imites siempre.
—Hago lo que puedo; por de pronto le lloro mucho, como él me lloraría.
—No juzgo que deben condenarse las lágrimas en absoluto; pero me parecen más propias de las mujeres que de los hombres. Te aconsejo entereza para soportar esta prueba terrible. Pasados ya los primeros días, es absurdo seguir entregado al dolor, y precisa darse cuenta exacta de su situación y pensar en lo porvenir.
—A eso venía precisamente; a tratar con V. la cuestión de intereses.