Al fin Miguel halló el medio de reconciliarse con su madrastra. El cariño cada día más grande a su hermanita le hizo pensar que la había despojado de una parte considerable de fortuna: su padre no había obrado con toda justicia al mejorarle: las mujeres necesitan siempre un dote proporcionado a su educación, porque no pueden vivir de su carrera como los hombres. «Después de todo, se decía, aunque mi padre me quisiera mucho, no hay duda que al redactar el testamento ha obedecido en cierto modo al deseo de venganza. ¿Y qué culpa tiene mi pobre hermana del carácter altivo y dominante de su madre?» Por otra parte, le dolía verla en un cuarto tercero viviendo con relativa estrechez mientras él gozaba de todos los atractivos del lujo. Estas imaginaciones fueron labrando en su cerebro una decisión que al cabo formuló por escrito en carta a su madrastra: escribiole sin decir nada a Julia suplicándole le concediese una entrevista «para tratar de asuntos que a ella y a su hija interesaban mucho.» La carta, aunque seria, era afectuosa y dejaba traslucir intentos generosos y deseos vivos de reconciliación. La brigadiera le contestó muy atenta citándole para el día siguiente a las tres de la tarde en su casa. Aquella noche apenas pudo dormir nuestro joven bajo la obsesión de mil pensamientos afanosos y cambios súbitos de temor y de alegría: los nervios se le desbocaban fácilmente y no era poderoso a sujetarlos.
Después de almorzar, o de haber intentado hacerlo, porque apenas pudo pasar bocado, después de haberse vestido con pulcritud, después de haber estado algunos minutos en el café tomando maquinalmente una copa, de chartreusse, se encaminó con paso vivo a la calle del Barco, imaginando lo que había de decir a su madrastra y gozando con la grata perspectiva de la reconciliación. Al llegar a la esquina de la calle de la Puebla procuró refrenar el paso y tranquilizarse: mas al doblar la del Barco alcanzó a ver a lo lejos aquel cadete desgalichado que tan ferozmente le había querido interrumpir cuando recogió en el paseo el clavel de su hermana. Ya le había tropezado otras muchas veces en la misma calle con los ojos puestos en el balcón de Julia.
El cadete, al verle pasear la misma calle y al parecer con los mismos intentos, le arrojaba miradas provocativas, cencellantes, cargadas del tradicional desprecio que el elemento militar ha sentido siempre hacia el civil tratándose de empresas amorosas. Pero Miguel, con la imprevisión temeraria de la juventud, hacía caso omiso de este desprecio, y solía contestar a aquellas miradas con una sonrisa dulce y un si es no es burlona que iba amontonando la cólera en el pecho del feroz cadete. La tempestad rugía ya sobre la cabeza de nuestro joven, y él seguía tan sosegado como si estuviese bajo un cielo azul y sereno. Como caminaban en sentido contrario no tardaron en acercarse y pasar uno al lado de otro, repitiéndose la misma torva mirada por parte del militar y la idéntica sonrisa por la del paisano. Miguel cruzó a la acera de enfrente para entrar en casa de la brigadiera; mas antes de efectuarlo oyó una voz cavernosa a su espalda:
—Cabayero; oiga V.
Volviose y se encontró frente a frente del cadete.
—¿Qué se le ofrecía a V.?—le preguntó sonriendo.
El cadete vaciló un instante, puso sus ojos sanguinarios en el suelo y dijo con voz bronca de adolescente que está en la muda:
—Cabayero, quisiera saber si V. está «en relaciones» con esa chica del número quince...
—¿Del número quince?—dijo Miguel, más risueño aún.
—Sí señor, cuarto tercero.