En aquel momento Miguel estaba, sin saber por qué, completamente sereno.

—¿Cómo es su gracia?

—Miguel Rivera.

—Voy a avisar: tenga V. la bondad de aguardar un instante.

En cuanto nuestro joven se quedó solo, oyó unos pasos vivos y menudos, y divisó en la esquina del corredor a Julia que asomó la cabeza nada más para ver quién era «la visita.» Al encontrarse con su hermano, descubrió todo el cuerpo y se quedó pasmada, estática, mirándole fijamente con marcada expresión de susto. Esta actitud hizo comprender a Miguel que la brigadiera nada le había dicho de la carta ni de la cita. Después avanzó lentamente hacia él manifestando siempre la misma sorpresa mezclada de terror, sin hacer caso de la sonrisa tranquilizadora de su hermano: cuando éste la tuvo cerca, avanzó también algunos pasos, y cogiéndola por la cintura, la dio un par de sonoros besos en las mejillas. Entonces el susto de Julia llegó a su colmo: se arrancó con extraordinaria violencia de los brazos que la sujetaban, se puso terriblemente pálida y se llevó el dedo a los labios, diciendo con voz de falsete:

—¡Por Dios, Miguel, por Dios... que está ahí mamá!

La criada apareció en aquel instante por el otro extremo del corredor.

—Puede V. pasar cuando guste, señorito.

Miguel hizo una mueca risueña a su hermana, le dijo adiós con la mano y se dirigió con paso firme a la sala, precedido de la criada, quien al llegar a la puerta levantó la cortina y le dejó el paso.

La brigadiera Ángela, que estaba sentada en una butaca, se levantó al ver a Miguel, pero no avanzó a su encuentro. Tenía la misma figura gallarda y arrogante, mas el rostro estaba notablemente ajado; dibujábase en torno de sus ojos un círculo grande azulado, y surcaban su frente dos profundas arrugas, señales que acreditaban la violencia y soberbia de su genio: los negros y sedosos cabellos que Miguel admiraba en otro tiempo, blanqueaban ya por tantos sitios, que eran más grises que negros: vestía una bata de seda, también ajada, y ajados estaban también los muebles de la sala, y ajadas las cortinas y la alfombra. Todo lo advirtió el hijo del brigadier de una sola pero intensa mirada, y no sin pena, recordando el antiguo esplendor de su casa.