—¡Oh, mamá! ¿cómo sigue V.?—dijo avanzando con efusión hacia ella.

—Bien, ¿y tú, Miguel?—contestó tendiéndole una mano.

Miguel, que iba decidido a abrazarla, se detuvo ante aquella actitud y se contentó con tomarle la mano y apretarla contra su pecho. Y reteniéndola aún entre las suyas, exclamó:

—¡Cuánto tiempo!...

—¡Mucho, sí!... Trae una silla y siéntate.

Pero Miguel, sin hacer caso, siguió en pie, y volvió a exclamar, arrasados los ojos de lágrimas:

—¡Pobre papá!

La mano de la brigadiera tembló un poco dentro de las suyas; pero soltándose en seguida, le señaló de nuevo una silla.

—Siéntate, Miguel, siéntate.

Obedeció, colocándose al lado de la butaca de su madrastra, y metiendo las manos entre las rodillas y la barba en el pecho, guardó silencio: algunas lágrimas le resbalaron lenta y calladamente por las mejillas.