Miguel no sabía cómo dar a la conversación un giro elevado y noble, acomodado a los sentimientos que agitaban su alma. Hubiera querido hablar de su padre, de su bondadosísimo padre, a quien tanto había amado; de buena gana hubiera recordado también los pormenores de su infancia, por más que en ella la brigadiera no desempeñase un papel muy grato; dispuesto estaba a olvidar todas las heridas, todos los desdenes y acordarse únicamente de los cortos momentos de dicha que había disfrutado; hasta los castigos de su madrastra adquirían, con la velada luz de los años, y al través de la súbita ternura que se había apoderado de él, un aspecto maternal que borraba su injusticia; por su gusto se reiría, trayéndolos a cuento como hacen algunas veces los hijos cariñosos después que llegan a hombres. Pero la actitud reservada, aunque atenta y afable de la brigadiera, le imponía respeto y le cortaba los vuelos para desahogar el pecho. Por otra parte, deseaba también entrar en la cuestión de intereses y no se atrevía, temiendo ofender su orgullo. Después de hablar algunos minutos todavía en el mismo tono indiferente, más propio de una visita de amigo que de una entrevista tan grave y solemne como debía ser aquella, procuró encauzar la conversación hacia lo que quería, hablando mucho de sí mismo, de sus tristezas y de su porvenir.

—No son todo flores en la vida, mamá: aunque me encuentre en una posición desahogada y pueda disfrutar de los placeres que ofrece la corte a los jóvenes, no soy tan feliz como el mundo supondrá seguramente. Tengo muchísimos momentos de murria, de tristeza, acordándome de que vivo solo, que me falta el calor de la familia, el cual no puede reemplazarse con nada... Mi tío Manolo, ya sabe V. como es... muy bueno, muy cariñoso... pero... ocupado exclusivamente en divertirse... Y el hombre no vive sólo con el recreo de los teatros, de los cafés y de los bailes. Cuando hay un poco de corazón, se apetece otra cosa...

—¿Por qué no te casas?—dijo la brigadiera secamente y sin levantar la cabeza.

—El casarse no es un acto tan libre como parece a primera vista... Se casa uno cuando llega la hora y una porción de circunstancias se han juntado para ello... Casarse porque sí, por una determinación de la voluntad, sin haberse enamorado antes de una mujer y sin juzgarla digna de llamarla esposa, me ha parecido siempre insensato... Además, en Madrid, en las sociedades que yo frecuento, se encuentran muchas jóvenes bonitas, elegantes, que tocan el piano admirablemente, y cantan a veces como las tiples que se chichean en el Real, y a veces pintan acuarelas y paisajes al óleo demasiado verdes, y escriben cartas a los novios con bastante ortografía... pero buenas esposas y buenas madres de familia, ¿cree V. que se encuentran con tanta facilidad?

—¡Bah!

—No lo crea V., mamá... En fin, a mí no me ha llegado aún la hora... Y mientras que me llegue, lo estoy pasando mal. Me sobra gran parte de la renta que tengo, y si no hago mal uso, no sé qué hacer de ella...

Miguel guardó silencio un instante, y después de vacilar, dijo tímidamente:

—Si V. me lo permitiera, la partiría de buena gana con mi hermana...

—Bien—dijo la brigadiera con voz un poco temblorosa.

—¿Y consentiría V. que me viniese a vivir con ustedes?