—¿Por qué no?
—¡Oh mamá!—exclamó Miguel enternecido;—me hace V. feliz con esa respuesta. ¡Tengo unos deseos tan vivos de vivir con VV.!...—Y apoderándose al mismo tiempo de una mano de la brigadiera, la besó con efusión repetidas veces, mientras dos lágrimas le resbalaban por las mejillas.
—¡Vamos, que no me negará V. que tengo un corazón muy sensible!—dijo riéndose de su propia emoción, como tenía por costumbre.
A la brigadiera no le pareció bien esta salida y se quedó seria. Ni era fácil que penetrase jamás el verdadero carácter de Miguel, y lo que aquellos arranques significaban. No obstante, se mostró después todo lo amable y expansiva que le consentía su naturaleza, lo cual pudiera muy bien achacarse, sin ser mal pensado, a la promesa que Miguel acababa de hacer respecto a su fortuna, por más que ella en la apariencia no le hubiese concedido ninguna importancia. Mas el hijo del brigadier era tan dichoso con aquella reconciliación y con la perspectiva de vivir en la misma casa de su hermana, que prefirió creer que también su madrastra se enternecía y se gozaba en tenerle nuevamente por hijo.
Cuando más embebido se hallaba en la conversación, sintió que unas manos chiquititas le sujetaban la cabeza por detrás, y se la despeinaban con furia. Era Julia que había entrado de puntillas sin ser notada.
—¡Al fin has caído en mis manos! ¡Abajo los peluqueros!
—¡Y tú en las mías! ¡Arriba las niñas sevillanas!—dijo Miguel sujetándola para darla un beso.
—¿De dónde sacas tú, fatigoso, que yo soy de Sevilla?—repuso Julita con marcado acento andaluz, y comiéndose más de la mitad de las letras.—Yo soy gata, y muy gata, y porque soy gata, te araño y te arranco estos ricitos tan cucos de donde cuelgas los corazones.
—¿Hay alguno colgado?—preguntó Miguel riendo y dejándose sobar pacientemente.
—Vamos, basta, Julia—dijo la brigadiera sonriendo también.