—¡Oh, no!—contestó aquélla, siguiendo con más ardor en su tarea.—¿Tú te has figurado que se puede echar impunemente flores a una chica que no hace tres meses siquiera que ha llegado de Sevilla? ¡Y qué flores, Virgen del Amparo, qué flores tan cursis! ¡Que me he desarrollado! ¡Que soy muy mona!... Anda, tonto; ¿te figuras que sólo en Madrid se desarrolla la gente?
—¿Y cómo sabes tú que te ha estado echando flores?—le preguntó su madre, clavándola una mirada terrible.
Julia se puso encarnada hasta las orejas.
—Lo he oído por casualidad al cruzar por el pasillo...
—¿Casualidad, eh?—dijo la brigadiera con sonrisa sarcástica.—Pierde cuidado, que ya me encargaré yo de que no se repitan esas casualidades.
Julia se turbó ante la amenaza de su madre: quedose un momento pensativa y triste; pero en cuanto aquélla bajó la cabeza para continuar su labor, hizo un mohín gracioso y alzó los hombros en señal de indiferencia. Colocada en pie al lado de su hermano, siguió acariciándole los cabellos y la barba. Miguel se había quedado también repentinamente serio. Al cabo de un momento, Julia, metiéndole la boca por el oído, le dijo muy quedo:
—Mira, vamos a sentarnos al sofá y podremos hablar lo qué queramos... Lo haremos con disimulo; aguarda un poco.
Y después de acercarse al balcón y echar una ojeada a la calle, dijo en voz alta:
—Miguel, tú no has visto los retratos que nos hemos hecho últimamente mamá y yo, ¿verdad?
—Como no hubiera ido a casa del fotógrafo, es difícil...