—Voy a enseñártelos ahora mismo: verás también los de nuestros parientes de Sevilla... Tengo unas primas muy guapas: a ver si te conviene alguna.
Y salió corriendo de la sala.
—¡Qué chiquilla tan viva!—exclamo Miguel volviéndose a su madrastra.
—Sí, muy viva y muy insufrible—repuso ésta con mal humor.
—Es la edad—dijo Miguel, a quien parecía imposible que la brigadiera no hallase graciosa y amable a su hija.
—Nada de eso: ya ha cumplido diez y seis años, y cada día está peor.
Julia entró con un álbum en la mano.
—Ven aquí, al sofá, Miguel, y ten ánimo para ver nuestra colección de fieras.
—Enséñame primero tu retrato y el de mamá para que me infundan valor.
—Aquí los tienes—dijo sentándose al lado de su hermano.—Mira a mamá ¡qué bien está!—Tan guapetona como siempre—añadió guiñando un ojo y apuntando con los labios a su madre, que estaba sentada de espaldas a ellos.—¿No te apetece darla un beso?... Vamos, dáselo...