Miguel acercó, riendo, los labios al retrato. Julita quería desagraviar a su mamá. Ésta, sin levantar la cabeza, y en un tono entre alegre y displicente, exclamó:
—¡Ah, aduladora! Ya sabes que me empalaga el dulce.
Julita hizo otra mueca, se rió, y presentando con extraordinaria viveza su retrato a Miguel, le dijo:
—Eh, ¿qué tal?
—Admirablemente.
—¿No es verdad que con esta mantillita blanca y estos rizos por la frente y estos ojillos entornados, soy capaz de dar el opio a cualquiera?
—Sí, a cualquier cadete—repuso su hermano por lo bajo.
Julita quedó un segundo suspensa, y se puso otra vez encarnada; pero reponiéndose en seguida, le dio un pellizco, diciendo:
—¡Ah granuja! ¿Qué correo de gabinete te ha venido a dar la noticia?
—¡Y yo que soñaba para ti lo menos con un coronel!—siguió en voz baja y reprimiendo la risa.