Una vez en la calle, Utrilla se mostró mucho menos locuaz. Miguel se vio precisado, para sostener la conversación, a hacerle preguntas a las cuales contestaba cada vez con más concisión. Al poco rato se detuvo repentinamente y manifestó que no se sentía nada bien. Decir esto y arrimarse a un portal y echar los hígados por la boca, fue todo uno.

—¿Le habrá hecho a V. daño el cigarro?—le preguntó Miguel.

—¡Cá, no señor!... No comprendo lo que pudo ser... Acaso el ron que me dieron estaría malo.

—Sin embargo, el cigarro... V. escupía mucho...

—No señor, no; estoy acostumbrado.

Viéndole aún bastante pálido y desfallecido, Miguel llamó a un coche de punto, le hizo subir a él y le condujo a su casa, situada en la calle del Sacramento. El cadete, apesar de su mal estado, quería descoyuntarse dándole las gracias.

FIN DEL TOMO I


RIVERITA

NOVELA DE COSTUMBRES