Miguel le escuchaba distraído, pensando en su hermana y en su madrastra, echando cálculos alegres sobre la vida feliz que iba a hacer en su compañía, recordando con placer los pormenores de la entrevista que con ellas acababa de tener.
Cuando el cadete hizo una pausa, le preguntó por hablar algo:
—¿Y V. es natural de Madrid?
—Sí, señor; he nacido aquí, y aquí me he criado... Mi padre tiene una fábrica de bujías esteáricas en las afueras, cerca de los Cuatro Caminos... acaso V. la haya visto... ¿no?... pues si V. va por allí algún día de paseo, no tiene V. más que preguntar por mí, y le dejarán pasar a verla. O mejor será, que el día que V. quiera ir allá, me avise, y le acompañaré, con tal que sea después de los exámenes. Mi padre es viudo, y tiene tres hijos; el último de ellos soy yo; mi hermano primero es el que corre ahora con la fábrica; mi hermana Eugenia está casada con un agente de Bolsa... A mí también quería meterme mi padre en estos líos, pero yo soy un hombre muy especial; basta que me manden una cosa, para hacer la contraria. A mí siempre me gustó mucho la vida del militar; hoy aquí, mañana allí, unas veces con mucho dinero, otras veces sin una peseta.
—¿De modo, que a V. le gustaría viajar, conocer países?
—Sí, señor, muchísimo; yo soy un hombre muy especial en eso.
—¿Y qué necesidad tiene V. de hacerse militar para ello? ¿No se puede viajar de paisano?
—Claro; habiendo dinero... Pero a mí me gusta viajar de cierto modo; estando en un pueblo quince días, en otro un mes... y luego que siendo uno militar, en todas partes se le recibe con los brazos abiertos... Las chicas se mueren por el uniforme... ¡Es una tontería, por supuesto!—añadió sonriendo y dejando bien traslucir que no la tenía por tal, sino por una prueba grande de sabiduría.—Mire V., a mí no me gusta el uniforme; soy un hombre muy especial. Los primeros días, me lo ponía con entusiasmo; pero ahora ya me apesta... Además, como uno tiene que saludar a todos los oficiales, ¡y hay tantos en Madrid!...
El cadete siguió todavía bastante rato hablando de sí mismo con voz de bajo profundo, contándole cien mil cosas que no le importaban nada, y afirmando a cada instante que era un hombre muy especial. Miguel no podía adivinar en qué consistía esta especialidad, como no fuese en la nuez, que, en efecto, cada vez le parecía más especial. Observó también que estaba un poco más pálido que al principio, lo cual le movió a preguntarle por dos veces si se sentía mal, pero el cadete afirmó rotundamente que se encontraba admirablemente. No obstante, allá a lo último, se puso en pie, confesando que la atmósfera del café estaba algo pesada y que sería bueno dar una vueltecita entre calles, a lo cual accedió muy gustoso su compañero.
Llamaron al mozo, y ambos trataron de pagar; pero éste, sea porque juzgase a Miguel con más edad y carácter para el caso o por otra causa que no es fácil adivinar, rechazó el dinero que el cadete le ponía en la mano y tomó la moneda que aquél le ofrecía. ¡Aquí fue Troya! El cadete se indignó con esta acción, de un modo indecible, se puso aún más pálido de lo que estaba, echó tres o cuatro ternos redondos con la voz más cavernosa que halló entre sus registros, y amenazó con estrangular al mozo acto continuo. Esfuerzos inauditos costó a Miguel sosegarle, y solamente lo consiguió con la promesa de que vendría otro día a tomar cualquier cosa para que él la pagase. Apesar de esto salió del café taciturno y sombrío; aquello de que Miguel hubiese pagado siendo él quien le invitara, parecíale el colmo de la humillación. Todavía cuando iba en dirección a la puerta cruzando por entre las mesas, se volvió dos o tres veces para lanzar una mirada de desafío al mozo, que ya estaba sirviendo a otros parroquianos sin hacer caso.