—He aguardado más de una hora para verte pasar y poder ofrecerte mi caja de dulces... toma.

—Gracias, máscara—dijo la dama con sonrisa de complacencia, abriendo al mismo tiempo la cajita de Miguel y sacando de ella una almendra con sus dedos enguantados.

—¡Qué envidia sentirán ahora los que me vean!

—¿Por qué?

—Porque voy sentado a los pies de la reina de la hermosura, la estrella Sirio de los salones de Madrid.

El joven exageraba. No obstante, Lucía era una de las bellezas que citaban los periódicos en sus revistas de salones y teatros. Los años no la habían hecho desaparecer; por el contrario, al redondear y abultar sus formas, habían dado a su figura una majestad que antes no tenía. Conservaba el rostro terso y nacarado: sus cabellos dorados no contenían aún ninguna hebra de plata: sus ojos límpidos, azules, tenían una expresión vaga de melancolía e inocencia que contrastaba singularmente con lo que de ella se decía, y que la comunicaba cierto misterioso atractivo. Vestía con extraordinaria elegancia.

Al aspirar la tufarada de incienso que Miguel le echó de improviso, una sonrisa placentera contrajo sus labios.

—¡Oh! máscara, eres muy galante, muy galante...

—No es galantería; es pura verdad: todo el mundo te admira en Madrid...

—Vamos, acepto eso como broma de Carnaval; pero te la agradezco, porque es delicada.