—Agradéceselo a Dios, que te ha hecho así... Aunque alguna parte también debió tomar el diablo cuando te ha formado, porque has hecho muchos desgraciados.
Y siguió un buen rato manejando el incensario: la generala sonreía siempre y se iba interesando cada vez más por la máscara. Cuando estuvo ya bastante preparada, el joven dio otro giro a la conversación, enderezándola por ciertos caminos peligrosos.
—¡Ay, Lucía, tú no sabes cuánto me has hecho pecar de pensamiento!
—¿Y por qué?—repuso la dama; en sus ojos brilló una chispa de malicia.
—Porque... porque... ¡bah! ¿Quieres que te lo diga?
—Sí, dímelo.
—No me atrevo; te vas a enfadar conmigo.
—No me enfadaré; dímelo.
—Sí te enfadarás; y yo quiero seguir siendo tu amigo... digo, tu amiga...
—¡Cuando te digo que no me enfadaré!... Vamos, me comprometo a ello formalmente; habla.