—¡Ay, Lucía! ¿Me lo juras?

—Te lo juro.

El joven se levantó, acercó su cabeza a la de la dama, y rozando con los labios su oído, dejó caer en él unas cuantas palabritas, que la hicieron prorrumpir en carcajadas. Miguel no esperaba tan buena acogida, y quedó un poco cortado; inmediatamente se repuso, y comprendiendo que la generala estaba curada de espantos, se enfrascó en una conversación libre y desvergonzada.

La generala, a cada nuevo equívoco o reticencia, mostraba mayor alegría, se desternillaba de risa y daba pie con sus ingeniosas y picarescas respuestas a que el joven se engolfase cada vez más adentro. Ya no pensó más en cambiar de sitio; se encontraba admirablemente a los pies de Lucía.

La generala quería averiguar quién era la máscara que tantas y tantas buenas cosas sabía.

—Soy tu lavandera, ¿no me has conocido?—respondía el joven.

—¡Oh, mi lavandera no es tan pícara como tú!

—La careta me hace ser pícara; sin careta soy muy inocente.

—Vamos, máscara, dime quién eres; has conseguido interesarme... si me lo dices, prometo guardarte el secreto.

El joven se obstinaba en sostener que era la lavandera; ambos se reían de aquel disparate. La noche iba cayendo; los carruajes ya dejaban el Prado, y la muchedumbre que se apiñaba en el salón se había enrarecido bastante.