Abandone el ilustre orador esa forma, que se hizo para almas más revueltas y tempestuosas que la suya; no vuelva á introducirse incautamente en los matorrales de la hacienda, donde su espíritu dejará el rico vellón de la poesía y de la elocuencia, y siga el glorioso camino que su naturaleza le tiene trazado. Es nuestro respetuoso consejo.
D. CARLOS MARÍA PERIER
UAVES ondas que besáis las playas de la Italia, tibias auras que mecéis los cedros del Líbano, gentiles corderillos que triscáis en la pradera, aroma de las flores, perfume de los campos, venid! Vengan los elementos todos de la bucólica, y mójese mi pluma en la rica miel de Chío y en los lagos azules de la Helvecia. No tardéis. Ved que el orador se encuentra en pie, y yo impaciente por dar comienzo á la semblanza.
La voz llega ya á nuestros oídos.
Sentados bajo la frondosa y secular encina, en esas horas ardientes del mediodía en que el ruido de los humanos se apaga casi por completo y el de los insectos toma proporciones sofocantes; cuando todo dormita buscando con anhelo la sombra deleitosa, ¿no escuchasteis los errantes sonidos de la flauta? Las cadencias se prolongan de un modo indefinido, la misma frase se repite sin cesar, pero sus notas llegan unas veces puras y vibrantes, otras, cuando atraviesan por los juncos que crecen á orillas del arroyo, melancólicas y vagas, estremeciendo el aire con dulzura y cerrando blandamente vuestros ojos. Os halláis dormidos, y todavía percibís los mismos sones. Despertáis, y los seguís oyendo. Después de algún tiempo, la flauta llega á ser uno de tantos insectos y forma coro con los cantos penetrantes del grillo y la cigarra.