El Sr. Moret es un gran orador; pero nada más que un orador. Ha tenido la desgracia de nacer á la vida de la inteligencia en una época en que las aspiraciones más nobles del espíritu moderno se hallaban representadas por la escuela que tomó el nombre de economista. Y digo desgracia, porque no es mucha fortuna ciertamente para nuestra juventud el que haya de percibir la luz de la ciencia siempre de reflejo y al través de los cristales que el curso de las circunstancias le interponen. En los comienzos del siglo los jóvenes que en nuestra patria amaban la cultura y ocupaban su espíritu con los problemas que arrastra consigo eran cándidos descreídos y reformadores ilusos. Miraban por el cristal de la Enciclopedia y no alcanzaban á ver más que negaciones en el vasto campo de la naturaleza. Más tarde llegó hasta aquí la ola de la escuela economista y arrastró consigo á la flor de nuestros pensadores que navegaron incautos sobre su turgente espalda, sin comprender á qué abismo de anarquía y egoísmo nos conducían sus falaces armonías. Últimamente la amplitud que de poco á esta parte han tomado los estudios de medicina introdujeron aquí de soslayo la gallina del positivismo, que con tal extraña fecundidad va empollando en nuestras tierras, como se advierte por el número de pollos que en el día hacen profesión de incrédulos.

Todas estas direcciones, imposible fuera negarlo, corresponden en la esfera del conocimiento á otros tantos puntos de la realidad. Pero tienen la desdichada ocurrencia de aspirar al monopolio de toda ella, por lo mismo que en España van campeando sucesivamente sin mantener las luchas incesantes á que otras escuelas rivales las provocan en los demás países, y consiguen de esta suerte hacerse insoportables y odiosas para los espíritus que buscan imparcial y seriamente la verdad.

El Sr. Moret puso al servicio del individualismo las prodigiosas aptitudes con que la Providencia le dotara, cuando el individualismo era el único pan que se ofrecía á los hambrientos de la inteligencia. Sintióse vencido por aquella serie de hermosos sofismas con que el optimismo individualista nos llevaba á la felicidad sin movernos del sitio, sin hacer otra cosa que presenciar inmóviles el desenvolvimiento de las leyes que llamaban naturales. Parodiando á la inversa la frase de Mahoma, decían: «No vayáis á la felicidad; dejad que la felicidad venga á vosotros». Y, no obstante, ninguna de las cualidades morales del Sr. Moret acusa un individualista. Un espíritu como el suyo, generoso y armónico, más apto parece para la iniciativa de algún noble y filantrópico proyecto que para la expectación fría y calculada que la antigua escuela económica imponía á sus afiliados.

Escuchad á ese orador ameno y elegante, saboread la ambrosía de su dicción, extasiaos ante ese conjunto de hermosas imágenes que surgen bullidoras al conjuro de su encantada fantasía, y sabed después que ese orador tan delicado, ese espíritu tan poético es... un hacendista.

Sí; el Sr. Moret se ha consagrado á la ciencia financiera, ha sido su intérprete en la Universidad de Madrid y su ministro en las esferas del poder. ¡Podrá darse mayor desdicha para la poesía, quiero decir, para la Hacienda!

¿Por qué es el Sr. Moret un financiero? Preguntad á la más fragante de las flores, á la suave madreselva, por qué despide su perfumado aroma entre las aguzadas espinas de una zarza; preguntad á la perla por qué oculta sus bellezas en el fondo de un molusco repugnante; preguntad por qué de un matemático profundo se forma de súbito un poeta dramático.

Arcanos y paradojas son éstos con que la naturaleza nos quiere sorprender algunas veces.

El Sr. Moret nació orador y se hizo financiero ó, lo que es lo mismo, nació ruiseñor y quiso ser gorrión. Para gorrión es demasiado fino y atildado.

Queremos, pues, al Sr. Moret ruiseñor; queremos escuchar su voz elocuente siempre que no nos hable de deuda flotante ó de emisión de bonos. Queremos también contemplarle desempeñando en la escena de la oratoria papeles de víctima, porque su frase, siempre melódica y regalada, no se hizo para expresar los acentos ásperos y arrebatados del tribuno batallador, ni mucho menos para engolfarse en el laberíntico juego de la ironía y la sátira.

Nada hay que nos disguste tanto como el gracejo del Sr. Moret cuando graceja. Con aquel rostro afeminado, con aquellos ojos que, aun queriendo reflejar malicia, siguen expresando la misma amable inocencia, con aquel aire soñador, con aquella voz conmovida y temblorosa que frecuentemente se anuda en la garganta, produciendo un movimiento de simpatía en el auditorio, ¿aspira el Sr. Moret á ser zumbón? ¿No comprende que el chiste que sale de su boca suena como un suspiro?