—Por Gaspar Núñez de Arce (dice el contratista leyendo por encima del hombro del Sr. Fe). ¡Hombre, sí! Este ha sido secretario de la Presidencia. Le conocí mucho cuando estuvo de gobernador en Barcelona. Es hombre despejado...

—Ha llamado mucho la atención este su último poema.

—¿Sí?... Pues me lo llevo (arrollándolo como un plano de carretera).

Si tuvieseis tiempo para ir conmigo aquella misma noche á cierta alcoba lujosamente decorada, veríais un hombre acostado en una cama, con La última lamentación de lord Byron en la mano. ¡Qué paz y sosiego reinan en la fisonomía de aquel hombre! ¡Qué gorro de dormir tan admirable ciñe sus sienes! ¡Qué luz tan suave esparce el quinqué sobre el vaso de agua, el azucarillo y las galletas inglesas! ¡Qué aire tan respetuoso y sumiso tiene el almohadón de plumas que está tendido á sus pies!

Mas apenas hacéis atropelladamente estas observaciones, cuando se escucha un fuerte resoplido, y la alcoba queda á oscuras.

En la alcoba hay todavía un espíritu que dice muy bajo á las tinieblas:—«Lo más que habrá sacado ese hombre con tanto verso son cuatro ó cinco mil reales...»

Poco después no queda más que un cuerpo roncando.

II

Decía más arriba, á vueltas de una digresión con la cual no contaba, que el Sr. Aguilera había nacido poeta. Añado ahora que nació poeta dulce, ameno, delicado y tierno. En la resignación y sosiego que se observa en todas sus composiciones trae al recuerdo al maestro Fray Luis de León y á San Juan de la Cruz. Los huracanes de la vida no han formado jamás en su alma medrosas tempestades. Las nubes volaron ligeras por ella, dejando siempre descubierto un fondo azul. Y en ese fondo azul, reverberante de luz, nadan como brillante polvo de oro los más gratos sueños y los más nobles sentimientos del corazón. Y ese fondo azul, esa eterna y pura alegría del alma es la que se descubre bajo todas las composiciones de Aguilera, aun bajo aquellas que están inspiradas por un sentimiento triste.

Mirad á un cielo azul: ¿qué es lo que veis? Lo primero que se ve en un cielo azul es á Dios. El autor de estas líneas cree haberlo visto algunas veces cuando niño, á fuerza de abrir mucho los ojos hasta que le dolían, y pasando horas enteras tendido con el rostro vuelto al firmamento. Después, viniendo los años, perdió la costumbre de pasar las horas enteras mirando hacia arriba, porque necesitaba á todo trance estudiar la ley de organización del poder judicial. Y sucedió que, en cierta ocasión en que muy festejado y risueño se tendió como antes para verlo, no lo consiguió. Pero allí estaba. Lo sabe porque otras veces miró con semblante mucho menos risueño y lo halló fácilmente.