De la misma manera, lo primero que se encuentra en el fondo azul del Sr. Aguilera es á Dios. No busquéis en sus composiciones arrebatos místicos, ni explosiones de entusiasmo por la fe ni encendidas diatribas contra el impío, ni siquiera gritos del combate con la duda amarga. Pero late en ellas el amor sincero á lo divino, porque son tiernas, sencillas y bellas, y Dios no puede estar lejos de lo que es tierno, sencillo y bello. Los cuatro versos de algunos de sus cantares infunden más fe en el alma que cien tomos de controversia teológica. Son cuatro versos que abren por un instante las diamantinas puertas del cielo y dejan entrever lo que hay dentro. ¡Qué más se les puede pedir!
Cuando trata directamente un asunto religioso, como en la Leyenda de Noche-buena, lo hace con una verdad, con una sencillez, con un sentimiento tan vivo y tan fresco de los inefables misterios de la Religión, que necesitamos acudir á los recuerdos de la infancia para hallar algo parecido en nuestra alma.
El Sr. Aguilera, en este caso, es un hombre que describe y expresa con fidelidad asombrosa los frescos y puros conceptos de un niño. Léanse, en confirmación de mi aserto, los siguientes versos que tomo de esta leyenda:
—Golondrinas que en rápido vuelo,
Os tendéis por la atmósfera azul:
¿Dónde vais, dónde vais, golondrinas?
A quitar las agudas espinas
De la angustia que siente Jesús.
—Si Jesús en Belén ha nacido
Coronada su frente de luz,
¿Qué corona, decid, golondrinas,
Qué corona de agudas espinas
Atormenta al divino Jesús?
—Si los hombres sois ciegos del alma
Y con ella no veis su dolor,
Viendo están, viendo están golondrinas,
Que aunque niño, corona de espinas
Ya en su espíritu lleva el Señor.
Hoy nosotras, con pío amoroso,
Templaremos su interna aflicción;
Vendrá un día que irán golondrinas
A quitar en la cruz las espinas
Que la frente herirán del Señor.
¿Qué más se ve en el fondo azul del señor Aguilera?—El amor á su patria; el amor á la tierra española.
¡La patria! ¿Qué es la patria?—La patria es un hombre andrajoso y sucio que se estrecha con efusión en una soledad de América ó de Asia; la patria es una frase de desprecio que se pronuncia allá muy lejos, donde no brilla el sol ni huele el azahar, y hace correr la sangre por el suelo; la patria es un canto que suena de noche en una ciudad de Inglaterra ó Alemania, haciendo saltar una lágrima á los ojos de un hombre que lee en su gabinete; la patria son unos batallones de soldados barbilampiños y morenos que llegan de Africa, y entran en Madrid con música y banderas desplegadas; la patria es el gentío inmenso que se arroja gritando á su paso, ebrio de entusiasmo y orgullo; la patria, últimamente, es una cosa que no se puede definir, como acontece con otras muchas.
¿Los españoles tenemos patria?—Unas veces se me antoja que sí; otras que no. Lo que no ofrece duda es que trabajamos todo lo posible por no tenerla. Hace muchos años que los españoles empleamos lo mejor del tiempo en zaherir á nuestra patria con la lengua y con la pluma, y en desgarrarla con la espada. Sería un milagro que quedase todavía algo de ella.
Por otra parte, la patria ha pasado de moda. Los filósofos han demostrado recientemente que el sentimiento patriótico no se acuerda con las exigencias cada día más amplias y universales del espíritu humano. Es un sentimiento primitivo y grosero, que se aloja por lo común y arraiga con extremada fuerza en los hombres de inteligencia inculta y de carácter bravío.
Lleno mi espíritu de estas ideas cosmopolitas y filosóficas, enderecé mis pasos alguna vez al Museo del Prado. Mi objeto ostensible al dar este paseo era ver y recrearme con las pinturas que allí hay; mas en el fondo de mi corazón latía también el deseo de inculcar á los chisperos y manolos que figuran en el célebre cuadro del Dos de Mayo, de Goya, alguna de las ideas generales y comprensivas de que iba saturado. Es imposible imaginarse nada más salvaje que la actitud de aquellos chisperos desharrapados, con los brazos en alto, erizados los cabellos, los ojos amenazando saltar de las órbitas, frente á las bocas de los fusiles franceses, y gritando al parecer con todas sus fuerzas: ¡¡¡Fuego!!!
No conseguí mi objeto. En vano quise persuadirles de que aquella actitud, si bien en otra época tenía razón de ser, mirando al estado del progreso, en los momentos actuales era completamente inexplicable, y se hallaba en abierta oposición á la doctrina corriente entre los tratadistas. En vano les demostré como pude que el concepto de humanidad era superior al de patria, y que éste, como más limitado y primitivo, debía subordinarse siempre á aquél. No querían escuchar nada; no atendían poco ni mucho á mis razones, y quedaron, como es fácil colegir, tan ignorantes y bárbaros como antes. De tal modo, que aún podéis verlos cuando queráis, firmes en su cuadro y cubiertos de sangre, siempre con los brazos en alto y los cabellos erizados, gritando como energúmenos: ¡¡¡Fuego!!!