Mas hágome cargo, aunque tarde, de que no estoy escribiendo la semblanza de los árboles del Retiro, sino del Sr. Aguilera, y paso inmediatamente á otro punto.
¿Qué más se ve en el fondo azul del Sr. Aguilera?
En ese espacio diáfano flotan como claras estrellas dos ojos negros, grandes, brillantes y serenos que podéis ver retratados en la hoja primera de sus Elegías y Armonías. Era una niña, era un pedazo del alma del poeta, la que en otro tiempo los hacía brillar con su sonrisa, los elevaba, los adormía, los ocultaba un instante en la sombra de sus pestañas y los hacía lucir de nuevo como dos rayos de sol que hieren el cristal de una fuente.
¡Cuántas veces os habréis sentado en las sillas del paseo de Recoletos! ¿no es cierto? Pues en verdad que no habrá dejado de revolotear en torno vuestro casi siempre un enjambre de niños que juegan corriendo unos en pos de otros y lanzando chillidos penetrantes, como golondrinas que se persiguen por el aire. Á fuerza de contemplar con mirada distraída aquella escena bulliciosa, concluís por fijaros en una niña de ojos y cabellos negros y vestido blanco. Os interesa su mirar melancólico y la suavidad y elegancia de sus movimientos. Al pasar á vuestro lado muy descuidada y risueña, la pilláis al vuelo por uno de sus bracitos y la atraéis blandamente hacia vosotros, la aprisionáis entre las rodillas, tomáis entre las vuestras sus diminutas manos, que parecen dos botones de rosa, y la acariciáis de mil maneras, interrogándola al mismo tiempo sobre el juego en que se divierte, cuál es su nombre, cuántos años tiene, cuántos hermanos, etc., etc. Al principio os mirará con ojos de asombro y temor, se negará resueltamente á contestar y tratará de arrancarse á vuestras caricias. Mas poco á poco irá perdiendo el miedo, y á los cinco minutos sois los mejores amigos del mundo. Á los diez ya sabéis que su hermano menor es un insoportable glotón, capaz de comerse la parte de dulces de todos los hermanos, y algunos otros gravísimos secretos. Al cuarto de hora, cuando su aya viene á llamarla y os presenta la mejilla para que la beséis, vuestra amistad está á prueba de desavenencias y disgustos. ¡Oh, bien se puede asegurar que durante este cuarto de hora no os aburristeis poco ni mucho! Mas cuando la veis alejarse dando graciosos brincos, ¿no ha cruzado por vuestra mente la idea de que pudierais tener una hija igual, y que podía morirse? Sí; con seguridad ha cruzado y habéis sentido todo vuestro cuerpo estremecerse de súbito con un movimiento de terror, y habéis medido con los ojos de la imaginación los profundos abismos del más fiero dolor, del dolor de los dolores.
Pues bien, figuraos que el padre de aquella niña es nuestro poeta y que la ha perdido. Otro hombre no hubiera podido hacer más que llorarla. Él la ha llorado y la ha cantado. Y su canto es el más armonioso, el más sentido, el más tierno que ha salido de su pecho. Las elegías que Aguilera dedica á la memoria de su hija, por el profundo sentimiento que guardan y por la delicadeza con que han brotado de la pluma, serán leídas mientras haya poesía. Parecen escritas como fueron sentidas, en el mismo instante en que el brillo de un lucero, los ecos lejanos de un organillo ó los lirios que crecen en un balcón traen á la memoria del poeta su dicha pasada y su desgracia presente. Detrás de aquellas páginas se escuchan realmente los sollozos. Voy á coger no más que dos perlas del collar, copiando las siguientes bellísimas composiciones:
Debajo de mis balcones
Parábase el saboyano;
Ella, la música oyendo,
danzaba al sonido mágico,
y yo de gozo temblaba
como la hoja en el árbol.
Debajo de mis balcones
hoy se paró el saboyano;
levantar le vi los ojos
una, dos, tres veces, cuatro...
¡Y una, dos, tres, cuatro veces
sin esperanza bajarlos!
No mires á mis balcones:
¿por qué miras, saboyano,
si ya no ha de salir ella
á este balcón solitario,
para echarte la limosna
bendecida por su labio?...
No mires á estos balcones,
y si vuelves, saboyano,
la voz del órgano apaga,
y pase por Dios callando,
pues yo no sé lo que tiene
¡ay! que no puedo escucharlo.
*
* *
—¡Cómo tardan estos lirios,
cómo tardan en dar flor!—
Me decía muchas veces
al regar los del balcón.
—Cuando se abran, serán tuyos
contestábale mi voz;
y esperando el ángel mío,
esperando, se murió.
Vino Mayo ¡ay, no viniera!
y los lirios del balcón
su corola azul abrieron
á los céfiros y al sol.
Y las lágrimas brillaban
que sobre ellos vertí yo,
al dejarlos en la tumba
donde tengo el corazón.