III

Y ahora, ¿qué voy á decir de los defectos del señor Aguilera? He pasado un rato delicioso escribiendo las anteriores líneas, sin curarme para nada de ellos. Ni yo lo he sentido, ni acaso el lector lo sienta tampoco. Encadenado al vuelo del poeta, vime suspenso un instante sobre la tierra. Pienso (Apolo me perdone la injuria) que fuí poeta el espacio de un relámpago. No es maravilla que me pese el salir de un grato sueño para dar con verdades frías y amargas. ¡Es tan triste acostarse poeta y despertar crítico! Pero Dios lo quiso, y el editor también. ¡Seamos críticos!

No satisfecho el Sr. Aguilera con expresar lo que sentía bien, verbigracia, los afectos más arriba indicados, quiso también cantar en más de una ocasión lo que sentía mal ó no sentía de modo alguno. De aquí han nacido todos sus defectos. En el crecido número de sus composiciones se encuentran no pocas endebles, fatigosas y descoloridas, sobre todo en el Libro de las sátiras, no tanto por falta de primor y elegancia en la forma (que rara vez acontece), como por falta de verdad y de brío en la inspiración. El Sr. Aguilera ha incurrido en un vicio, harto frecuente por desgracia en nuestra época; el de acudir á lugares comunes, á frases llevadas y traídas por todos los que comercian con las Musas. Los lugares comunes en filosofía admiten excusa y hasta prestan utilidad, mas en el Parnaso son rechazados y perseguidos como animales dañinos. No es posible encarecer bastante el horror con que las Musas miran la poesía de estereotipia, tan en boga al presente. Dicen ellas, y yo soy de su opinión, que cuando el poeta no tiene nada nuevo que decir ó no encuentra nueva forma en que expresarlo, debe callarse.

Puesto ya á censurar, también diré que el señor Aguilera introduce alguna vez en sus poesías lecciones de moral que encajarían mejor en una plática de Semana Santa. Una cosa es componer poesías, y otra dirigir pastorales á los católicos de una diócesis. También diré que acostumbra á desleir sobradamente los conceptos, dando esto por resultado el que se pierda, ó debilite al menos, el efecto que deben producir, comunicando al propio tiempo á sus composiciones cierta languidez, que alguno pudiera calificar de inanición. También diré que la afición á poner estribillo en una gran parte de sus poesías, produce en ciertos casos el efecto apetecido de moverlas y animarlas; mas en otros, quizá por rechazarlo la índole del asunto, ó por no acertar á poner el que conviene, las hace pueriles unas veces, y otras artificiosas.

Pero no diré más; que ya me voy avergonzando de echar en cara estas menudencias á un tan insigne y excelente poeta.

D. GASPAR NÚÑEZ DE ARCE