UNQUE parezca descortés y hasta irreverente dar comienzo á la semblanza de un poeta con una apología de la prosa, tengo razones poderosas para escribirla, y la he de escribir, si en ello hubiera de irme la fama de atento y comedido. No la escribo porque tenga en aborrecimiento el verso; que el hecho mismo de consagrar mi pobre ingenio al estudio de los poetas dice bien claramente lo contrario. Tampoco porque juzgue, como algunos, que es el verso un lenguaje propio de la infancia de los pueblos y opuesto á la gravedad de nuestra época, y que ha de llegar un día en que desaparezca totalmente. Para mí el verso es y será eternamente el lenguaje genuino de la poesía. Y cuenta que lo dice un hombre tan pudoroso en esta materia, que para él las columnas de La Ilustración Española y Americana son selvas vírgenes donde nunca ha osado poner el pie: incapaz, por consiguiente, de meterse con nadie ni de escribir un mal soneto, á no ser que le hurguen mucho y de mala manera: en cuya fe quiere vivir y espera morir. Mas el verso, como todas las grandezas de la tierra, no necesita apologistas. Por el hecho de existir pregona su excelencia; mientras la prosa, la prosa vil, al tenor de las causas malas, necesita campeones que salgan á su defensa. No es bizarro el que ahora se presenta, pero sí bastante cazurro, y ha de suplir, ciertamente, con zancadillas y trazas de mala ley lo que le falta de arrojo. Mucho cuidado con él.
La prosa no es bonita, debo confesarlo, pero no me nieguen ustedes que es muy expresiva. Tiene las facciones abultadas é incorrectas, le falta majestad y dulzura en los movimientos, es áspera, indómita y arisca, todo lo que ustedes quieran; pero no me nieguen ustedes que es muy expresiva. ¡Oh, sí, es muy expresiva! El alma se ve muy pronto por sus ojos grandes y oscuros. En sus posturas descuidadas y caprichosas, en sus movimientos desordenados y bruscos, en sus arrebatos y en sus desmayos, hay á veces mucha gracia. Y luego, ¡tiene unas salidas! Nunca puede estar tranquila ni caminar con paso mesurado y sereno. Á cada instante se siente acometida por la necesidad de alargarlo ó acortarlo. Viene un período amplio, terso y sonoro, de esos que piden á todas horas los pseudo-clásicos, sin saber lo que piden; en pos de él, otro breve y palpitante como el corazón que lo dicta. Aparece uno suave y almibarado, como el requiebro de un adolescente, y á toda prisa surge detrás otro seco y áspero que le deja cortado. La prosa, en fin, odia de muerte la monotonía, y procura demostrárselo en cuantas ocasiones se presentan. Quizás por eso se eleva rara vez al cielo. El cielo es hermoso, pero es monótono.
Mas si no consigue volar por el cielo sereno y límpido, en cambio discurre admirablemente por la tierra. Alguna vez se mancha con sus lodos y se pincha con sus abrojos, pero sabe lavarse inmediatamente en sus claras fuentes, y curarse con el bálsamo de sus flores. No se desdeña de andar á pie por los parajes más escabrosos, ni penetrar en los lugares más humildes. A menudo se la ve pararse ante un objeto ínfimo y despreciable, iluminándolo y describiéndolo con amor. Á veces también, á semejanza del mar, sabe reflejar el azul del cielo.
No se me oculta, sin embargo, que se la mira generalmente con desprecio. No se me oculta que al ver á la prosa entrarse por un hospital, por una fábrica ó por una taberna con la mayor frescura, y ponerse á referir cuanto allí ocurre, por insignificante y hasta despreciable que sea, hay muchos que dicen pestes de ella, y se creen humillados al leer lo que juzgan indigno de toda atención. Sé de sobra que hay mucha gente para quien no existe ni puede existir arte alguno en la descripción del catre en que duerme un niño desamparado y pobre, ó en la de la faena de un rudo labrador, ó en la del tocado breve y sencillo de una costurera. ¡Ah! Tal vez se figura esa gente que no se encuentra á Dios más que en la sublimidad de la bóveda celeste poblada de astros luminosos, á cuyo lado el que habitamos no es más que un leve grano de arena. Si tal se figura, es que no ha mirado jamás en una gota de agua por el lente de un microscopio. Habiendo mirado, no dejaría de comprender al instante que es tan fácil llegar á Dios por lo infinitamente pequeño como por lo infinitamente grande.
Tampoco la prosa carece de ritmo en absoluto. Su ritmo es mucho más hondo y arcano que el del lenguaje métrico, mas no por eso deja de existir. Un oído delicado lo percibe como blanda y recóndita música dentro de una selva oscura. ¿Quién osará negar el ritmo, el número y la armonía á la prosa de Cervantes, Fenelón ó Manzoni? No seré yo quien cargue con semejante responsabilidad. Lo que hay es que el ritmo de la prosa no es uniforme y continuo como el de la versificación. Los vientos del pensamiento lo agitan á su capricho y le hacen variar á cada instante de rumbo, sin darle jamás punto de reposo. La prosa, mejor que el verso, obedece á las insinuaciones del espíritu, dejándose llevar cual dócil pluma, unas veces por regiones serenas y tranquilas, otras por parajes revueltos y oscuros...
Pero basta ya de panegírico; que tal suma de perfecciones voy acumulando sobre la prosa, y tan devoto de ella me presento, que temo murmuren las malas lenguas.
Llegó el instante, por mí bastante temido, de dar explicaciones sobre las causas que engendraron este inoportuno panegírico. Y ála verdad, si ustedes pudieran pasarse sin ellas, me alegraría en el alma, porque no tengo deseo alguno de manifestarlas. Mas ustedes no pueden pasar sin explicaciones, por más que la galantería les mueva á decir otra cosa, y aunque me pese, creo hallarme en la obligación de remediar su justa curiosidad.
¿Y por qué siento dar explicaciones? Dirélo de una vez: porque temo que estas explicaciones no agraden al Sr. Núñez de Arce. Tal temor, si bien se nota, es más lisonjero que ofensivo para el Sr. Núñez de Arce, puesto que si yo no le respetase y admirase muy de veras, á buen seguro que no me turbaría más ni menos. Mas, por desgracia, sé lo peligroso que es decir á una mujer hermosa que no es la más hermosa del mundo, ó á un poeta inspirado que no es el más inspirado de todos los poetas. Desde Homero hasta Revilla, no ha habido jamás poeta alguno que escuchase con calma una afirmación parecida. Compadézcanse ustedes de mi situación, y por Dios me den algunos alientos, que harto los necesito. Comienzo.
Reconozco, como tendré ocasión de mostrar en el presente artículo, muchas y notables dotes de poeta en el Sr. Núñez de Arce, mas he dado en imaginar que las tiene aún más notables y sobresalientes de prosista. En las cortas páginas que lleva escritas en prosa, he pensado reconocer casi todas las cualidades que distinguen á los grandes prosadores; flexibilidad, número, concisión, elegancia, naturalidad, energía. Si se me apurase, tal vez llegara á decir que en el género histórico es donde pudiera alcanzar mayores lauros. Tengo la creencia de que si el señor Núñez de Arce hubiese dedicado su pluma á la historia, dejaría oscurecidas, por lo que toca al aspecto literario, las glorias de todos nuestros historiadores, excepto Mariana. Y aquí me salta al encuentro cierta semejanza que hace tiempo he observado entre nuestro poeta y otro de la nación portuguesa: Alejandro Herculano. A entrambos los caracteriza la austeridad del pensamiento, la virilidad y firmeza del tono y la sobriedad de la dicción. Pero Alejandro Herculano, que no pasa de notable poeta, fué un eminentísimo prosista, el más eminente quizá de cuantos ha producido la Península Ibérica, en este siglo, dejando, como es sabido, en la historia y en la novela monumentos perdurables del arte literario. ¿Sentirá ahora el Sr. Núñez de Arce que le compare á Herculano?—Lo sentirá, estoy seguro de ello; y lo sentirá, porque la comparación, como dicen los filósofos, sólo es exacta en potencia, dado que el Sr. Núñez de Arce no ha querido hasta el presente mantener relaciones duraderas con la prosa. Respetando, como me cumple, su acuerdo en este punto, permítaseme deplorarlo, en gracia siquiera de la desgraciada defensa que de aquélla acabo de hacer. Y ya no necesito decir más para explicar el raro modo de dar comienzo á este artículo.
Mas ya que me veo forzado á juzgar en el Sr. Núñez de Arce al poeta y no al prosista (como fuera mi gusto), debo empezar declarando que ciertas cualidades que el Sr. Núñez de Arce posee en alto grado, esenciales para el prosador, no lo son tanto en mi concepto para el poeta, á saber: la concisión y la energía. Nada más frecuente, cuando se quiere ensalzar la musa del Sr. Núñez de Arce, que apellidarla viril, como si con este adjetivo quedase hecha su apología por completo y no hubiese más que decir. Es más: hasta he leído juicios críticos en que se considera esta cualidad como la más alta y suprema que el poeta puede recibir del cielo. No lo entiendo yo así. ¡Medrados estaríamos si no hubiese más que virilidad y fuerza en la poesía, si el poeta hubiese de cantar por necesidad á todas horas asuntos ó temas viriles! Tanto valdría afirmar que en el terreno metafísico, la belleza y la forma se confunden. Por fortuna no es esto cierto en ningún terreno. El elemento femenino ha jugado, juega y jugará un papel principalísimo dentro del arte. En la humanidad, la belleza no está representada por el hombre, sino por la mujer. Y la naturaleza, si es sublime en sus aspectos ó momentos terribles, bella no lo es más que en los de calma y sosiego, y en los lugares apacibles y amenos.