Tampoco hay que confundir la energía de la expresión, que es ingénita á todo el que se halla bien penetrado de un sentimiento, sea éste tierno ó viril, con la índole de los afectos que animan al poeta. Espronceda es más enérgico para mí en su Canto á Teresa que Quintana cantando el combate de Trafalgar. Y es porque, á mi entender, le tenían con más cuidado á Espronceda las liviandades de su querida, que á Quintana la derrota de la escuadra hispano-francesa.

Por lo dicho, y por algo más que me callo, no soy tan gran admirador como otros de los poetas viriles (cuando la virilidad reside en la naturaleza del asunto ó en el tono, y no en la mayor ó menor energía del sentimiento). Así que no doy la estimación que aquéllos á la virilidad del Sr. Núñez de Arce. Pudiera muy bien ser más viril que Adán, padre del género humano, y no tener pizca de poeta. Si lo es, y excelente, no lo debe á los temas viriles que elige para sus composiciones, ni al tono elevado que adopta para cantarlos, sino á su ingenio y fantasía.

En cuanto á la concisión, cierto que es una dote que puede cuadrar bien á un poeta; pero no le es tan indispensable como al prosista. Conviene distinguir además la concisión ó sobriedad de la frase de la precisión y fijeza de los conceptos. La primera puede enaltecer las producciones de un poeta: la segunda no hace más que confundirle con el prosador. El verso es semejante á la música, y como ésta, sirve para expresar lo más vago, lo más delicado, lo más inefable de los sentimientos humanos. Cuando se le obliga á decir cosas que la prosa puede expresar tan bien ó mejor que él, á mi juicio, se le desnaturaliza. Esto hace en ocasiones el Sr. Núñez de Arce. Algunas de las composiciones insertas en los Gritos del combate parecen escritas en prosa sonora y rimada, y semejan manifiestos políticos en verso, más que verdadera y limpia poesía.

¿Llevará, por ventura, la musa política el feo vicio del prosaísmo? No lo sé; mas cuando echo la vista á los frutos que ha dado en este siglo dentro y fuera de España, me siento inclinado á pensarlo. Aunque fijemos nuestra atención en lo más selecto, por ejemplo, en Quintana y Beránger, yo encuentro el prosaísmo (el prosaísmo del concepto y del sentimiento, que es mil veces peor que el de la frase) cebándose sañudamente en un gran número de sus composiciones, por más que el primero aspire á disfrazarlo con la pompa del estilo, y el segundo con su donaire. Me parece que en esto no hago más que seguir la opinión general, porque la fama de ambos poetas ha desmedrado notablemente con el tiempo. No quiero decir, sin embargo, que la política no pueda inspirar en ocasiones á los poetas grandes, bellos y atrevidos pensamientos, aunque sí imagino que la política antigua, entregada al acaso ó á los golpes de la fortuna y á la espontaneidad de las fuerzas individuales, servía mejor para el caso que la moderna, sometida casi por completo á una serie de reglas complicadísimas que la convierten en una maquinaria inflexible y monótona. Padilla luchando á campo abierto en Villalar con el emperador Carlos V, es una figura poética; pero un general que se pronunciara hoy con unos cuantos batallones en favor de la descentralización, no lo sería gran cosa. Y es porque en el instante en que las ideas dejan de formar parte de nuestra vida, de nuestra carne, si pudiera hablar así, como en el caso de Padilla, para convertirse en abstracciones, se deshace su encanto. El poeta no quiere abstracciones, sino figuras vivas, imágenes, algo visible y palpable que infunda calor en su corazón y en su fantasía. El Sr. Núñez de Arce ha caído en el mismo vicio que su maestro Quintana, y como él ha procurado velar lo descarnado y prosaico del pensamiento con la magnificencia del estilo. Esto no obstante, debo hacer una declaración que va á estremecer profundamente muchas orejas clásicas. Para mí, el discípulo posee más cualidades de poeta que el maestro. Está muy lejos de superarle, ciertamente, en la profundidad del pensamiento, ni en el vigor y armonía de la elocución poética, pero le lleva ventaja en el calor y riqueza de la fantasía, que, por más que á ello se opongan los pseudo-clásicos, es lo que eternamente caracterizará al poeta. No manejará la lengua con tanto imperio y maestría, ni escribirá unos versos tan audaces como los de Quintana, pero éste tampoco escribiría ni el Idilio ni el Raimundo Lulio de nuestro poeta.

No es sólo la política la que inspira al Sr. Núñez de Arce, aunque sí le preocupa con exceso. Hay otro orden de pensamientos que le atraen, le alteran y le mortifican, como puede verse leyendo sus Gritos del combate; y son los del orden religioso. No me asombra. Las cosas de ultratumba nos traen revueltos á muchos que no tenemos nada de poetas. Hasta aquí, por consiguiente, el Sr. Núñez de Arce no es más que uno de tantos. Conviene ahora saber si esta preocupación constante de la mayor parte de los hombres en el día inflama su espíritu y le presenta nuevas y originales bellezas, pues es de lo que se trata.

Nuestro poeta se empeña en hacernos creer que su espíritu vive presa de la duda más cruel, que no puede deshacerse de ella, que en todos los parajes y ocasiones le acompaña y le persigue, etc., etc. Y á la verdad, lo que se vislumbra en las poesías del señor Núñez de Arce no es un alma atormentada por la duda, sino un hombre descreído que echa menos sus perdidas creencias. Esto, que hasta cierto punto es una falta de sinceridad, de la cual tal vez el mismo poeta no se dé cuenta perfecta, contribuye poderosamente á que tales poesías no hieran la fantasía ni conmuevan el corazón de quien las lee. Otra razón hay para que estas composiciones, bien entonadas, correctas y armoniosas, no nos hieran muy vivamente; y es que los pensamientos en ellas esparcidos tienen más de científicos que de poéticos. Son los pensamientos que se ocurren á un hombre de talento, y no á un poeta. El Sr. Núñez de Arce no ha sacado partido del estado de incertidumbre ó de incredulidad en que necesariamente han de vivir los poetas de esta época. Byron, Schiller, Heine, Musset, Leopardi y otros varios, han creído, han dudado, han descreído. Todo esto se trasluce con bastante claridad en sus obras, aunque ellos muy rara vez nos lo digan concretamente. Y la enfermedad que les devora presta á sus poesías diversas tintas ó colores, según los estados por que atraviesa; unas veces oscuros y lúgubres, otras vagos y desvaídos, otras dulces y melancólicos. Pero siempre, siempre buscando la belleza con admirable instinto. Así que, para mí, sus figuras son mucho más interesantes y amables que la del Sr. Núñez de Arce, el cual se revuelve airadamente contra su siglo y contra Voltaire, Darwin y todo el cortejo de filósofos modernos, á quienes achaca la culpa de que él no viva feliz y satisfecho. Es muy lamentable; mas para el arte es aún más lamentable que la duda ó el esceptismo no hayan logrado descubrir tesoros de más valía dentro de su espíritu.

Los defectos que dejo apuntados proceden, si no en todo, en gran parte al menos, de que el Sr. Núñez de Arce no está completamente en su cuerda en la poesía lírica. La índole de su ingenio y de su inspiración es mucho más épica que lírica. Y si fuera permitido á un hombre humilde y desautorizado, como yo, invocar el auxilio de dos palabras tan augustas, diría que es más objetiva que subjetiva. Lejos de mi la idea de entrarme de rondón, por esto, en el dominio de las divisiones literarias. Entre todos los españoles que saben leer y escribir, no habrá otro menos amigo de clasificaciones. Creo que las divisiones en el arte son como las que se hacen en el mar: tan pronto hechas como borradas. Pueden los retóricos á su antojo dividir el arte en géneros, á semejanza de los astrónomos que dividen el firmamento en zonas para mejor estudiar sus estrellas. Dios en el cielo y el poeta en el arte nunca tendrán en cuenta para nada tales divisiones. Mas una cosa es trazar clasificaciones y otra determinar el carácter y naturaleza de la inspiración de un poeta. Á esto únicamente me dirijo cuando digo que el Sr. Núñez de Arce es más épico que lírico.

Como poeta lírico, carece de aquella delicadeza y escrupulosidad con que los grandes modelos exploran todos los pliegues de su alma y sondean sus más profundos misterios; carece de aquella exquisita sensibilidad que les mueve de un modo irresistible á exhalar sus afectos. Pero en cambio su imaginación viva y osada, su briosa entonación y su maestría para describir y narrar, le están pregonando como un gran poeta épico. Así lo ha comprendido él mismo al cabo, decidiéndose á escribir algunos poemas que son los cimientos más seguros de su gloria. Entre ellos, dos, el titulado Raimundo Lulio y el que por un extraño capricho titula Idilio, compiten con lo más hermoso y selecto que este siglo puede ofrecer en poesía á los futuros.

El Idilio es una prueba más de que en la vida lo pequeño es muchas veces lo grande. Casi tantas como lo grande es lo pequeño.

¡Lo pequeño y lo grande! ¿Quién se atreverá á decidir sobre uno y otro? Cuando niños nos hacen llorar cosas que hacen reir á los hombres. ¿Me negaréis que aquellas lágrimas son tan sinceras y tan vivas como todas las demás que se vierten en el mundo? Cuando jóvenes nos desesperan ó nos arrebatan de alegría ciertas cosas que los viejos desprecian. En cambio los jóvenes suelen mirar con soberano desdén otras que preocupan á los viejos. Y si esto acontece en un mismo hombre, ¿qué no sucederá entre hombres diferentes? Preguntadle al comerciante de enfrente qué es lo que opina del ruido que hacen las hojas al caer ahora por otoño. Preguntadle á un poeta qué juzga de la subida de los algodones. Preguntadle á una madre que ve á su hijo partir á la guerra qué es lo que opina de la autonomía de los Estados. Preguntadle á un diplomático cuánto le preocupa el dolor de aquella madre. ¡Lo pequeño y lo grande! ¿Quién se atreverá á decidir sobre uno y otro?