El asunto ó tema del Idilio del Sr. Núñez de Arce quizás será para otros muy pequeño; para mí es muy grande. La amistad cándida y pura de un niño y una niña que crecen bajo un mismo techo, transformada por virtud de la edad y de cierta separación en amor apasionado: el término fatal que la muerte viene á dar á este naciente amor. Así es el tema en resumen. He dicho que para algunos tal vez será pequeño, porque los hombres suelen á menudo burlarse de estos afectos ó pasiones de la adolescencia y llamarlos niñerías. Quizá tengan razón; mas antes que yo se la dé, precisa que me demuestren que los afectos ó apetitos que después cautivan su alma valen más que estas niñerías. Que estos hombres pongan la mano en su pecho y me digan ingenuamente si á los cincuenta años de edad se sienten más nobles, más desinteresados, más valerosos, más compasivos y más prontos al sacrificio que á los diez y ocho. Que me digan también si los sustanciosos devaneos de la edad viril les han proporcionado más goces y menos remordimientos que los amores tontos y platónicos de la adolescencia. Así que me lo digan (y yo los crea), renunciaré de buen grado á parar mientes en tales menudencias. Mientras tanto, no extrañen ustedes que adore estas niñerías, considerándolas como flores que exhalan su fragancia, no sólo por los años en que viven, sino aun por toda la existencia cuando se guardan como preciosas reliquias dentro del corazón. Sigamos ahora con la niñería del Sr. Núñez de Arce.

Aunque no tenga á la vista su precioso Idilio, y lo haya leído hace ya bastante tiempo, recuerdo muy bien todos sus detalles; prueba incontestable de que me ha impresionado fuertemente. Recuerdo aquella partida del estudiante novel á la ciudad, aquel caballo overo que aguarda á la puerta, aquella tierna despedida de la madre, la reprimida aunque no menos tierna del padre, y la triste y candorosa de la huérfana que ha sido su compañera; recuerdo su gozosa vuelta, sus inocentes recreos, aquel carro del vecino en que tornaba á su casa por la tarde; recuerdo aquella esquivez incomprensible para él de su compañera de la infancia; recuerdo aquella tarde en que á solas con sus pensamientos trepa al castillo derruído, y la magnífica descripción que el autor hace entonces de los campos de Castilla, la tempestad que le sorprende en aquel sitio y su fatal caída; recuerdo aquel rostro angelical que el estudiante ve siempre cerca de su lecho, y que apenas se pone bueno desaparece; recuerdo aquella delicada y naturalísima declaración de amor, las nobles promesas de la madre, la nueva partida, la nueva vuelta... En fin, lo recuerdo todo, y todo me encanta hasta un grado indecible. Yo sé dónde está el secreto del hechizo que para todo el mundo tiene este poema. Sí, yo lo sé. No hay en él otro secreto que la verdad del sentimiento. Créanme ustedes, cuando un autor siente una cosa, tiene mucho adelantado para hacer sentir con ella á los demás.

De muy distinto modo, pero no con menos fuerza, me ha impresionado la lectura de Raimundo Lulio. Trátase de un personaje tan insigne, y al mismo tiempo tan misterioso, que cuanto á él se refiera no puede menos de tener mucho interés y excitar la imaginación. Raimundo Lulio es el faro que desde una isla del Mediterráneo esclarece las tinieblas de la Edad Media.

Lo que sirve de argumento al poema es un episodio de su vida terrible hasta lo sumo, y tan dramático... Pero antes de pasar más adelante, necesito escribir una carta al Sr. Núñez de Arce. Suplico á ustedes el favor de entregársela en propia mano y no leerla por el camino.

Sr. D. Gaspar Núñez de Arce.

Muy señor mío y de mi mayor aprecio: Si algo puede con usted la sincera admiración, y aun el cariño que le profeso, acoja con indulgencia la respetuosa súplica, con honores de consejo, que voy á hacerle.

Por su propio interés y por el de la poesía española, que tiene en usted un tan ilustre representante, le ruego que cuando llegue el día de dar á la estampa una nueva edición de su Raimundo Lulio, vea de modificar, enmendar, ó para mejor hacer, suprimir la introducción que le pone, dedicada «á un amigo de la infancia». Las razones que para desear tal supresión tengo son las siguientes:

1.ª La introducción me parece, á más de inoportuna, prosaica, y que no corresponde al tono inspirado y majestuoso del poema.

2.ª Las pestes que usted dice en ella de la ciencia me parecen indignas de quien se llama á renglón seguido «hijo de su siglo».

3.ª El supuesto de que Raimundo Lulio, desengañado de la ciencia, cuyo símbolo es Blanca de Castelo, dijo adiós al mundo me parece falso. Lo que se saca de la vida de este varón, siendo también lo más lógico, es que, desengañado del mundo, buscó abrigo en la religión y en la ciencia.