4.ª Aun concediendo que todo fuese cierto, nunca debió usted declarar que Blanca de Castelo es un símbolo. Estas declaraciones se dejan para los críticos, retóricos y demás gente menuda. El poeta debe amar los hijos de su fantasía como si fuesen de carne y hueso; por lo que son, y no por lo que pueden representar.

Perdóneme el atrevimiento, en gracia del afán que siento por no ver deslucida una joya de tanto precio. Y considere que convertir una figura hermosa y divina, como la de Blanca de Castelo, en una abstracción, es un sacrilegio casi tan grande como el de su amante al penetrar en el templo á caballo.

Suyo, devoto y afectísimo,

A. Palacio Valdés.

Calificaba más arriba el episodio que se narra en el Raimundo Lulio de terrible y dramático. Así es, en efecto. El amor impuro y fogoso del protagonista recibe una lección tremenda, como venida de aquel cielo triste y severo de la Edad Media. El sacrílego jinete que penetra en el templo haciendo chasquear las herraduras de su caballo contra los mármoles sagrados; la airada muchedumbre que le recibe primero con sordo rumor y después le acosa por las calles; el lúbrico insomnio que le acomete más tarde; la misteriosa cita; la escena viva y exaltada en que la pasión del fogoso mancebo se desborda:

«Y estalló con sus cláusulas de fuego,
con su expresión incoherente y rota
por el halago y la pasión y el ruego:

con ese dulce cántico que brota
al fecundo calor de una mirada,
y lleva una ilusión en cada nota;

con esa breve frase entrecortada
que, al morir en los labios, adivina
el corazón de la mujer amada,

música de la almas, peregrina,
que con suspiros trémulos empieza
y con vibrantes ósculos termina»;