el horror de que se siente poseído al contemplar el seno de su amada carcomido por repugnante llaga cancerosa... todo es sombrío y patético; todo está pintado con tal brío, con toques tan seguros y enérgicos, que nos hiere y nos conmueve profundamente. Causa verdadera maravilla la sobriedad de dicción con que está escrito este poema. Apenas huelga una sola palabra. Y, sin embargo, por un poderoso y casi inconcebible esfuerzo, todo está dicho, y todo está bien dicho. La fantasía del poeta es en esta ocasión como una lente, que ata y hace pasar los mil rayos del sol por un punto. El tono es grave y solemne, como conviene al narrador. Sólo un gran poeta puede hacer hablar á un personaje como Raimundo Lulio, grande de por sí y engrandecido además por el tiempo y el misterio, sin empañar el brillo que adquirió en nuestra imaginación.

Después de leer este poema, ¿quién no se convencerá de que el Sr. Núñez de Arce no debe pulsar más cuerda que la épica? El rápido y majestuoso desenvolvimiento de la acción, la firmeza y dignidad de los caracteres, la verdad de las descripciones, aquel concebir osado y aquel decir grave y conciso, no dejan lugar á duda sobre este punto. Por esta vía debe marchar, y por ella confieso que ha marchado de algún tiempo á esta parte. Los últimos poemas que dió á luz son brillantes y hermosos. No obstante, el Sr. Núñez de Arce, estoy seguro de ello, tiene fuerzas para hacer mucho más todavía. Quisiera verle acometer una empresa grande y digna de su inspiración; una empresa que le inmortalizara, como al autor de Fausto ó al de Manfredo. Los tiempos no se prestan á ello, bien lo conozco. Si tuviese la fortuna de escribir algo semejante, la crítica igualitaria que al presente se usa nunca le perdonaría el haber rebasado la línea de los Grilo, Blasco, Retes, Herranz, etc., etc. Las flores más bellas de su imaginación quizá serían roídas como avena ó paja. Y si, por ventura, resultaba que el poema era un sí es no es más subjetivo ú objetivo de lo que le correspondiese de derecho, ¡ya le caía obra al Sr. Núñez de Arce!

Con todo eso, no dejaré de aconsejarle que emprenda su poema. Demos que tenga muchos defectos y que éstos no sean imaginarios, sino verdaderos y efectivos; si las bellezas que haya en él son dignas de la inmortalidad, inmortal será el poema con todos sus defectos. ¡Los defectos! Moratín encontraba el Hamlet atestado de ellos. Y, sin embargo, ¡cuánto más vale dormir alguna vez como Shakspeare que andar siempre tan vigilante y avispado como Moratín!

[10]

EVILLA!—He aquí un nombre que hace soñar, como esas nubes rojas que se amontonan en el horizonte al declinar a tarde, para servir de lecho al sol en su caída. Hay en este nombre algo de vago y misterioso que fascina el espíritu y lo inclina á meditar. Cuando lo escuchamos, sin saber por qué, viene á nuestra mente el recuerdo punzante de una flor que hemos deshojado, ó el de una voz que nos cantaba al oído cuando niños para dormirnos, ó el de unos labios ardorosos que rozaron nuestra mejilla en otro tiempo, ó las notas suaves, tiernas, purísimas de la metafísica neo-kantiana. Si se me preguntara dónde está el secreto de tal fascinación, no podría contestar satisfactoriamente. Para mí no está en que el señor Revilla sea filósofo, y sea poeta, y sea orador, y crítico, y catedrático, y revistero de teatros. Cada una de estas cualidades de por sí, estoy seguro de que no le haría el blanco de la admiración de sus contemporáneos. Mas ha de existir entre ellas una singular y extrañísima relación, inextricable para el espíritu, mediante la que el fenómeno indicado se realiza. De tal suerte, que si el Sr. Revilla fuese orador y poeta, y no fuese filósofo al mismo tiempo, perdería por eso sólo la inmortalidad; y si fuese orador, poeta, filósofo y catedrático, y no tuviese además la cualidad precisa de revistero de teatros, es como si no fuese nada para el efecto de la fascinación. El Sr. Revilla es, pues, el resultado feliz de una agregación de elementos diversos, cuyo modo de enlazarse ó combinarse sólo Dios conoce. La naturaleza nos está ofreciendo á cada paso ejemplos admirables de estas dichosas combinaciones. Suprimid á cierto paisaje el mar que se divisa á lo lejos ó la montaña que se levanta imponente sobre él, y perderá su carácter y no atraerá vuestra atención. El Sr. Revilla es como un paisaje (en este respecto nada más): no es posible quitar ni poner en él cosa alguna, sin privarle de su efecto.