Desde muy temprano ha reconocido en sí mismo una vocación decidida á influir sobre su siglo, y siguiendo los nobles impulsos de su alma, no ha querido privarle de ninguno de aquellos medios por los que un hombre puede influir sobre un siglo. Bien sabido es de todos que el primero y más poderoso es la gravedad. Nada hay tan pernicioso, y por consiguiente, nada tan aborrecible, en mi pobre opinión, como las expansiones jocosas ó burlescas en todos los puntos de vista que se las considere. Porque no sólo han sido y son una rémora para el progreso moral y material de las naciones, sino, lo que es aún peor, han servido ya en algunas ocasiones para poner en duda el ingenio y la sabiduría del Sr. Revilla. ¡Qué tiempos los nuestros! Ya no existe para este siglo menguado nada de respetable ni digno de ser mirado seriamente. Escribe, pongo por caso, el Sr. Revilla uno de sus artículos guarnecidos y bordados de primorosas metafísicas, y sin más ni más, salta un cualquiera diciendo, con cierta vaya impertinente, que aquel artículo es una colección de lugares comunes, un tejido de frases huecas arrancadas al tecnicismo filosófico para imponer respeto á la gente ignorante, al modo que se fija en las huertas un muñeco de paja para espantar á las aves inocentes. Por eso la gravedad del Sr. Revilla es un dulce y apetecible oasis en este vasto arenal de liviandades.
Aunque ya he hablado de ella en otra ocasión, sólo fué por incidencia; así que no me considero relevado de la obligación de consagrarle algunas palabras. Y la primera cuestión que se presenta es la siguiente: ¿La gravedad del Sr. Revilla es de nacimiento, esto es, puede considerarse como una dote otorgada graciosamente por el cielo, ó es una cualidad adquirida en virtud de un largo y penoso aprendizaje, de prolijos afanes y desvelos? No es tan fácil como á primera vista parece la resolución de este problema. Mirando el asunto por encima, y teniendo presente nada más que lo rara que es hoy esta cualidad, aun entre los hombres más favorecidos por la Providencia, es fácil deducir que el Sr. Revilla ha llegado á ella por el trabajo y el estudio. Esta facilidad arrastró á muchos al error. Cualquiera que se fije un poco, comprenderá que la gravedad del Sr. Revilla tiene un no sé qué de agreste, indómito y bravío que la distingue perfectamente de las demás gravedades imitadas ó contrahechas. Es una de esas gravedades que aparecen muy de tarde en tarde en la historia humana, y por lo tanto, considero absurdo el suponer que esté en manos del hombre el adquirirla. Para encontrar algo parecido, es preciso remontarse á los primeros tiempos de Roma. Aseveran los historiadores más fidedignos que Numa Pompilio no conoció la risa, aunque sí añaden que, en sus conferencias con la ninfa Egeria, acostumbraba sonreir una que otra vez, pero sólo por complacencia. Mi profesor de psicología, lógica y ética, también poseía en cierto grado esta cualidad; por lo cual, hoy que la edad me ha enseñado á juzgar mejor á los hombres, no puedo menos de reconocer que, aunque oscuro, era un hombre muy notable. No vaya á creerse, sin embargo, que intento comparar la gravedad del catedrático de psicología, lógica y ética con la de Numa Pompilio y Revilla. ¡Oh, no! Cuando el Sr. Revilla, después de tomar convenientemente las medidas á una obra literaria, la califica de predominantemente subjetiva, y por ello la condena, como es justo, á una eterna execración, es tan serena y tan augusta su frase, palpita tanto heroísmo dentro de ella, que el espíritu se engrandece y se inflama, y es preciso acudir á los recuerdos de la Ilíada, á Héctor, á Diómedes, á Menelao, para observar algo semejante.
Y aunque muy fuera de sazón, no quiero pasar más adelante sin formular una pregunta que constantemente se está presentando en mi espíritu. Es la siguiente: ¿Cómo el Sr. Revilla, sin imaginación alguna, sin gusto, sin ingenio, y con una ilustración tan superficial, juzga con tal grandeza las obras de arte que le ponen delante? Repito que muchas veces me hice esta pregunta, y siempre concluí pensando que en el Sr. Revilla existe algo extraordinario que, aun sin darse acaso él mismo razón de ello, le mueve á dictar sus fallos; algo que, después de encenderle, como á la pitonisa griega, le inspira y le sostiene sobre el trípode, circundando su frente con la aureola del misterio. Este algo, digámoslo de una vez, no puede ser otra cosa que el genio[11]. El genio, sólo el genio puede volar tan alto sin necesidad de los medios que los humanos juzgamos indispensables.
Decía que la pregunta estaba fuera de sazón, y como ustedes han podido ver, era muy cierto. Sin embargo, ya se sabe que estas informalidades é impertinencias son en mí frecuentes, y no hay que asombrarse. Por algo gozo fama entre mis enemigos (porque aquí donde ustedes me ven tan jovencito y tierno, ya me permito el lujo de tener enemigos) de crítico subjetivo entre los subjetivos. Soy como si dijéramos un crítico lírico, pues la subjetividad es lo que caracteriza al género lírico, mientras el Sr. Revilla, á juzgar por su inflexible talante y por la opaca sublimidad de sus formas, es un crítico épico. De la combinación de lo lírico con lo épico, como han demostrado hasta la saciedad Hegel y el Sr. Revilla ya saben ustedes que nace lo dramático. Por consiguiente, vean ustedes lo que son las cosas: el día que al Sr. Revilla y á mí nos dé la gana de reunimos en la mesa de un café, pongo por caso, ya está formado un crítico dramático, sin necesidad de más músicas. Concluímos de tomar café, nos damos la mano y nos separamos. Cada cual torna á ser lo que antes era, yo el crítico lírico y él el épico. ¡Es admirable!
Pero estos temas incidentales me están apartando, á despecho mío, del propósito único del presente artículo. Toquemos de una vez en las entrañas del asunto, y hablemos del Sr. Revilla como poeta, sin meternos en otras honduras.
Yo no he leído los versos del Sr. Revilla; lo declaro con la franqueza que me caracteriza. Mas al mismo tiempo quiero hacer constar que no fué por mi culpa. He aquí lo que sucedió. Habiendo pensado, como es natural, cuando empecé á escribir estas semblanzas, en incluir entre ellas la del Sr. Revilla, pedí su tomo de poesías á un amigo (si ustedes quieren que diga quién es, lo diré), el cual, como lo tuviese ya leído, me lo prometió para el momento oportuno. En esta seguridad descansé confiadamente, sin preocuparme más del asunto. Cualquiera creo que haría lo mismo. Pues bien, hace cuatro días, tropiezo con mi amigo, y le digo al pasar: «Necesito ese tomo de poesías; mañana mandaré por él». Mi amigo, entonces, arqueó un poco las cejas, levantó un sí es no es los hombros, y por tres veces consecutivas sacudió la cabeza en distintas direcciones. No había para qué decir más: era cosa corriente. Envío, pues, por él, y en vez de las poesías, veo llegar al emisario con una esquela muy fina en que mi amigo me pide mil perdones, porque, sin recordar su promesa, había prestado el libro á un canónigo de Granada, el cual se había marchado á su destino sin devolvérselo. Este golpe me hizo bastante impresión. ¿Qué significaban entonces aquellos movimientos de cabeza, hombros y cejas del día anterior? Es lo que no pude averiguar hasta la hora en que escribo estas líneas. De resultas de todo ello, me quedé sin leer las poesías del señor Revilla. No obstante, mi amigo dice en la esquela que escribe con la misma fecha al canónigo de Granada, á fin de que remita el libro tan pronto como le sea posible. Lo espero con ansiedad, y excuso encarecer á ustedes los nuevos y puros atractivos que tendrá para mí después de haber pasado por las manos de un digno y respetable capitular.
Entre tanto, para no defraudar completamente la atención del público, que pensaría hallar en estas líneas un examen más ó menos sucinto de los talentos poéticos del Sr. Revilla, voy á echar mano de alguno de los materiales que hace tiempo estoy acumulando para una obra más importante que la presente. La obra se titulará Vida y opiniones de D. Manuel de la Revilla, y pienso dedicar á ella todos los días que de aquí adelante me conceda Dios sobre la tierra, pues ya estoy realmente cansado y arrepentido de ocupar tan sólo mi espíritu en asuntos frívolos é indecorosos. Me ayudará en esta empresa, superior á mis fuerzas (no me forjo ilusiones), un distinguido artista conocido y estimado ya del público, á cuyo cargo queda la formación de unos magníficos planos en que podrán verse, en todo su espesor, las opiniones del Sr. Revilla desde su nacimiento hasta su disolución, con exactitud y claridad. Será una obra primorosa y exquisita, que ha de facilitar extraordinariamente la inteligencia del texto.
Entre estos revueltos materiales, voy á elegir una opinión grandiosa y peregrina, como todas las de nuestro poeta, que ha de dar al traste, si no me equivoco, con las ideas más propagadas en asuntos de arte. Todo el mundo sabe que algunos poetas antiguos más de una vez trataron de enseñar distintas ciencias ó artes, valiéndose para ello de las formas artísticas, y que los retóricos, apresurándose á dar un nombre á este capricho, lo llamaron género didáctico ó didascálico. Debemos confesar que el género didascálico, á pesar de sus esfuerzos, no logró pelechar gran cosa. Pero no es eso lo peor, sino que en los últimos tiempos llegó á tal punto su laceria, que algunos autores diéronle por muerto, y, so pretexto de que el fin único y esencial del arte debe ser la manifestación de la belleza, pretendieron hasta borrar su claro nombre. Á tanta vergüenza hubiéramos llegado sin la dichosa aparición en nuestro planeta de un hombre extraordinario que, fijando en la vasta esfera del arte su mirada de águila, halló medio de cortar á tiempo la perniciosa corriente. Este hombre dijo: «El fin del arte no es, como se ha creído hasta ahora, la belleza, sino la ciencia; no hay arte donde no se enseñe algo útil y provechoso; el artista y el maestro de escuela se confunden en una unidad superior; no hay más arte que el didascálico». El nombre no convenía, sin embargo, por ser esdrújulo, y lo llamó arte docente ó trascendental.
Fué una verdadera revelación para los que yacíamos sumidos en los groseros errores de la antigüedad. Crear una belleza sólo por crearla me pareció entonces cosa indigna de un hombre serio. La naturaleza empezó á hablarme con un lenguaje distinto del que antes usara. Antes, por ejemplo, al cruzar por un bosque, veía unos árboles cuyos troncos blancos y satinados parecían de plata, me gustaban muchísimo, los miraba, los remiraba, pero no pasaba de ahí. Ahora sé que esos árboles se llaman abedules, que su madera es excelente para hacer canastos, y que también se emplea para construir las cajas de las diligencias. Cuando los veo, echo inmediatamente la cuenta del número de chaplones que de sus troncos podrán sacarse, ¡y encuentro en ello un placer tan vivo y tan puro! Antes, al ver amontonarse por el azul del cielo ejércitos de nubes oscuras y medrosas anunciando tempestad, me quedaba mirando para ellas como un tonto, sin pensar en nada. Á fuerza de mirar, llegaba á ver las más raras y monstruosas escenas que nadie puede imaginarse; unas veces era una araña inmensa que iba tejiendo su tela por el espacio; otras veces era un navío que marchaba con rapidez vertiginosa sacudido por la borrasca; otras, era un brazo colosal que sostenía una espada no menos disforme, cuya punta enrojecida se estaba templando en el sol, quizá para atravesar después á la tierra; otras, era la lucha tremenda de un demonio de grandes cuernos con un ángel; el ángel caía al fin vencido, y presa del dolor, sacudía sus monstruosas alas contra la frente de unas montañas lejanas. Todo esto era sencillamente un absurdo, porque en aquellas nubes no había arañas, ni navíos, ni ángeles, ni mucho menos demonios. Allí no había más que una serie de cumulus que á fuerza de hincharse concluían por reunirse y cubrir la tierra, formando después verdaderos y genuinos cumulo-stratus. Cualquiera comprende que era una insensatez confundir un cumulo-stratus con un navío ó una araña. Hoy, gracias al Sr. Revilla, no se me ocurren tales disparates, porque veo las cosas desde un punto de vista docente. Antes un río claro y límpido era para mí un objeto que siempre miraba con deleite. Pues hoy, créanme ustedes, por sereno y cristalino que sea un río, como no tenga truchas, lo encuentro aborrecible.
Tuve noticia de la teoría del arte docente ó trascendental en un verano, residiendo en el campo. La buena nueva llegó á mí por medio de un periódico que traía inserto uno de esos artículos que el Sr. Revilla viene escribiendo constantemente desde que empezó á arder en su pecho el fuego sagrado de la crítica. Aquí debo advertir que con las críticas del señor Revilla me sucede lo mismo que con ciertas óperas de mi gusto; esto es, que á fin de que me impresionen más fuertemente, sólo las oigo ó las leo de raro en raro. Quiso la fortuna que leyera este artículo, donde, con motivo de no sé qué novela, desenvolvía nuestro poeta su grandiosa y atrevida concepción de la naturaleza y del arte. La luz se hizo súbito en mi espíritu, y pude medir con la vista todo el horror de una obra artística sin trascendencia.