Ya he dicho que era en un verano, y que estaba pasando una temporada en el campo. Por aquel entonces solía yo levantarme temprano (¡qué tiempos aquellos! ¡ya no volverán!), y después de levantarme, acostumbraba á salir á respirar el aire puro de la mañana sentado debajo de un magnífico y corpulento roble. Era un roble que se moría de risa cuando le hablaban de los árboles del Retiro. Sin poder decir fijamente si era simpatía personal ú otra razón de más peso la que enderezaba su vuelo, lo cierto es que todos los días, y á la hora en que yo me sentaba, venía un pájaro á posarse sobre el roble. Yo no tenía el honor de conocerle, pero no importaba nada, porque él guardaba poca ceremonia en eso de no cantar delante de gente. Se conocía á la legua que era un pájaro despreocupado y un poco aturdido, gozoso de vivir y viviendo mucho más en el mundo exterior que en sí mismo. Era un pájaro predominantemente objetivo, como diría el Sr. Revilla, con el estilo mágico que él sólo posee. Tenía parda la color, el pico amarillo, el mirar firme y osado, los modales francos y desenvueltos, ofreciendo el conjunto de su persona un cierto aire de petulancia que no dejaba de sentarle bien. Apenas se posaba en una rama, empezaba á columpiarse, y con la cabeza un poco entornada y los ojos puestos en el espacio, entregábase á la voluptuosidad del movimiento, sin que aparentase pensar absolutamente en nada. No tardaba, sin embargo, en proferir varias notas graves y llenas como las de las flautas metálicas. Era su preludio.
Sin otra preparación, subíase repentinamente al tono agudo y lanzaba al aire una serie interminable de trinos penetrantes y acalorados, como quien quiere echar el alma por la boca. Ora atronaba el espacio con una cascada de notas fuertes y vibrantes que llegaban á producir mareo, ora desfallecía y se dejaba arrastrar al tono más suave y apagado. Tan pronto cambiaba á cada instante de inflexión y de ritmo, de modo que los trinos salían atropelladamente de su boca persiguiéndose los unos á los otros, como insistía una y otra vez, por un largo espacio, sobre una misma frase; parecía que trataba de que la aprendiésemos de memoria. De todas suertes, siempre terminaba con un arrullo tenue y moribundo, como si quisiera indicar que aún le quedaban muchas cosas por decir, aunque no esperásemos que salieran jamás de su boca.
En honor de la verdad, debo confesar que el canto de aquel pájaro me gustaba. No sé por qué extraña asociación de ideas, cuando cantaba, me acudían á la memoria los instantes felices de mi existencia. Veíalos pasar leves, dulces, luminosos como ellos fueron, sonriendo tristemente y diciéndome adiós para siempre. Aquí podría aprovechar la ocasión para contar á ustedes mis primeros amores, sin que ninguno tuviera derecho á quejarse; pero soy incapaz por naturaleza de jugar á nadie estas pasadas. Tan sólo diré que el canto de aquel pájaro resucitaba en mi espíritu sentimientos muy dulces que hacía mucho tiempo había dado por muertos. Todo era una pura ilusión, sin embargo, y una flaqueza de mi alma, disculpable únicamente por el estado de ignorancia en que me hallaba respecto á los eternos principios del arte. Porque, es preciso decirlo claro, no podía darse nada más deplorable que el canto de aquel pájaro desde el punto de vista docente; nada más desprovisto de trascendencia. Después de escucharlo me quedaba tan sabio como antes, no puedo negarlo, pero ni la más leve partícula de ciencia venía á acrecer el caudal de mi sabiduría. Así lo comprendí con dolor al cabo, por lo que me propuse no sufrir más tiempo las impertinencias de un descarado partidario del arte por el arte. Si entre tanto trino y gorjeo se hubiese deslizado, siquiera fuese de un modo secundario, cualquier problemita insignificante de historia ó de metafísica, crean ustedes que nunca me resolvería á hacer lo que hice. ¡Pero decidirme á perder de un modo necio el tiempo! Francamente, que ya no se espere jamás eso de mí. Lo que hice, pues, fue aparejarme con una piedra bastante crecida al sentarme un día, como de costumbre, debajo del roble, y así que columbré á mi pájaro, encajársela sin otras retóricas con toda mi fuerza. No le toqué; mas al sentir tan cerca de sí la primer pedrada de la crítica (crítica aunque severa muy justa), desplegó sus alas y no volvió á parecer por aquel sitio. ¡Pobre diablo! ¿A dónde habrá ido á parar?
En verdad que la grandiosa teoría del Sr. Revilla está á punto de hacer cambiar radicalmente la faz de todas las artes, arquitectura, escultura, pintura, música, poesía y baile. Tengo algunos motivos para creerlo. Por lo pronto, me han informado de que el único maestro que en España cultiva con buen éxito la expresión más pura y genuina de la música, esto es, la sinfonía, está escribiendo una en que probará, ó tratará de probar al menos, que el problema amenazador de las subsistencias sólo puede resolverse rebajando las tarifas del arancel. Este precioso tema, que el oboe se encargará de apuntar nada más en el andante, se irá repitiendo por el allegro, el allegro con motto y el scherzzo entre mil combinaciones armónicas, hasta quedar totalmente dilucidado. Por otra parte, un joven escultor amigo mío está á punto de terminar una preciosa Venus en cuclillas, que llevará grabada á cincel en la espalda la «teoría del valor» de Bastiat, que comienza como todos saben: «Disertación, fastidio; disertación sobre el valor, fastidio sobre fastidio». De esta suerte, el espectador podrá gozar con la belleza de la estatua y al mismo tiempo meditar sobre el asunto más escabroso de la economía política. Creo que el público ha de acoger con entusiasmo esta Venus trascendental, si no por su mérito, al menos por ser la primera que del género docente le presentan.
La teoría va, pues, abriéndose paso al través de la frialdad de los unos y de la abierta oposición de los otros. Su glorioso fundador puede estar seguro de que no tardará mucho en triunfar por completo. Y como nada es despreciable tratándose de contribuir á una obra tan fecunda y generosa, yo también quiero llevar un grano de arena al edificio, dedicando mi pluma (que no puedo llamar mal cortada, porque es de acero) al cultivo del arte trascendental. Al efecto, tengo intención de escribir una novela en la que, por medio de una acción no muy complicada, pero bastante dramática, trataré de presentar y aun resolver el siguiente
PROBLEMA
«Un cosechero recoge de sus fincas en los años ordinarios doscientas cincuenta fanegas de trigo candeal, noventa de centeno y treinta y siete de mijo. Ahora bien, suponiendo que durante un año llueve una tercera parte menos que en los ordinarios, ¿cuánto trigo, centeno y mijo recogerá?»
Dicho se está que trataré de desenvolver este problema de tal modo que se deduzca del contenido mismo de la fábula, y no sea un miembro agregado artificiosamente á la novela. Para ello he de procurar que la acción sea rápida, haciendo que dure solamente los tres meses de otoño. La descripción de la sequía, que como es natural formará una parte muy principal de la obra, será bastante sobria, sin perder de su verdad y energía; las escenas, sobre todo desde que el nudo se forma por entero, serán vivas y dramáticas. Por último, veré de concentrar en cuanto sea posible un gran interés sobre el cosechero, héroe de la acción, haciéndole morir trágicamente en el cadalso. Lo difícil en esta obra, como en todas las demás del arte docente, es presentar el problema aparentando encubrirlo, como hacen los arroyos con las guijas que tienen en el fondo.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .