No hace muchas horas vino á mí con afectado misterio, y me dijo: «¿Estás escribiendo la semblanza de Castelar, no es verdad?» Sí. «Pues yo, que he vivido con todas las generaciones y en todos los países, te puedo comunicar datos interesantes para tu trabajo.»—Vengan esos datos—repuse. Y entonces el fantasma comenzó á silbar con sigilo en mi oído este inverosímil y descabellado relato:

«¡Castelar! Castelar tiene una historia mucho más larga de lo que tú te figuras. Vosotros sabéis admirar y aplaudir á los grandes espíritus, pero rara vez os detenéis á estudiar su procedencia ó filiación histórica, ni las fuerzas ideales anteriores que han concurrido á su generación. Vosotros los humanos...»—Aquí el fantasma se despachó á su sabor contra nuestra raza y hago gracia á los lectores de su filípica, que no les habría de complacer gran cosa.

«Castelar—prosiguió el espíritu—es un regalo que el viejo Oriente envía al Occidente. Salió de la cabeza de Brama cierta noche en que las estrellas, con un dulce titilar, llamaban el pensamiento hacia lo infinito, cuando las oscuras ondas del sagrado Ganges relataban muy quedo á la flor del lotus, que se inclinaba sobre su corriente, los misterios inescrutables de la muerte, cuando el piadoso anacoreta, postrado en tierra, murmuraba tembloroso su enigmática oración, cuando el ruiseñor turbaba sólo el silencio augusto de la naturaleza con su grito de amor y de esperanza.

»El dios luminoso que le diera el ser envióle como fiel mensajero de su abdicación cerca de su hermano Zeos, y éste le prodigó mil agasajos, haciendo brillar su Olimpo con todo el esplendor de sus encantos perdurables. Todo cuanto una imaginación sobrehumana puede apetecer de dulce y halagüeño derramólo el monarca de los dioses en su feliz morada para honrar al venturoso embajador. Hasta se pensó en celebrar corridas de toros, pero el dios Apolo, con su séquito de musas, declaró rotundamente que en este caso no tomaría parte en las fiestas, y fué abandonado el proyecto. Aquella serie sin tregua de placeres y delicias comenzó á cansar á vuestro orador, comenzó á aburrirle la conversación del dios Júpiter, que no le dejaba ni á sol ni á sombra, y llegó á empalagarle la ambrosía. Así que un día, tomando de aquél la regia venia, descendió por los suaves declives del Olimpo á las llanuras del Ática, y bajo los plátanos del Agora, comenzó á arengar á la multitud de libres cuanto ociosos ciudadanos que allí rendían á la sombra culto á la libertad y al arte.

«Después le vi muchas veces, ya en el taller de Fidias, ora en los jardines de Academo escuchando atentamente los discursos de Platón, ora también en los misterios de Eleusis dedicado á interpretar los ruidos de las hojas del árbol sagrado al ser heridas por el viento. Parecía feliz y no me preocupé más de él.

»Largo tiempo después le volví á encontrar en Roma, cuando ésta, fatigada por las discordias civiles, plegaba sus brazos y bajaba su orgullosa frente ante la majestad de Octavio Augusto. Fué en una sesión del Senado. Se hallaba éste reunido en la Curia Hostilia sobre el Foro. Una docena de lictores que á la puerta vigilaban, anunció la llegada del cónsul Josefo que debía presidir la Asamblea. Antes de penetrar en el templo detúvose en el peristilo para consultar los auspicios, siguiendo la antigua práctica. Parecióme, sin embargo, que al observar las entrañas de la víctima inmolada, se dibujaba en su rostro angular y glacial una sonrisa ambigua y poco ortodoxa. Los sacerdotes declararon que los padres de la patria podían deliberar, y el cónsul entró en el recinto seguido de su cortejo. Una vez dentro, se aproximó al altar de Jano (el de las dos caras) y ofrecióle incienso y vino. Después fué á sentarse en su silla, y como la sesión aún no se había abierto, muchos senadores rodearon al cónsul departiendo entre sí con grande animación. Pude notar que aun cuando todos dirigían un diluvio de preguntas al presidente, éste apenas desplegaba los labios, limitándose á sonreir de aquella manera equívoca que ya antes me llamara la atención y á sacar de su esportilla algunos caramelos que ofrecía con agrado á los padres. Estos revolvíanlos en la boca con no poco regocijo comentando al propio tiempo en detalle todos los matices de la sonrisa que los había acompañado. Los unos pretendían que aquélla era una sonrisa de oposición, mientras los otros la juzgaban de todo punto ministerial. Y entre estas y otras azucaradas razones se abrió la sesión. Uno de los ediles del Senado se levantó para leer una proposición en la cual se elevaba al príncipe del Senado Antonio á la categoría de Eterno, la cual hubo de agradar tanto á la Asamblea que prorrumpió en calurosas muestras de entusiasmo. En vano fué que Antonio rehusara con fuerza esta pequeña distinción, pues la mayoría en masa, como un solo empleado, decidió á todo trance votarla. El edil proponente se levantó entonces á dar las gracias al Senado, y suplicó á los padres se sirviesen decretar para conmemorar tan fausto acontecimiento se inmolasen en el templo de la Concordia 150 ilegales. En este instante el tribuno Emilio pidió la palabra desde su subsellium y reconocí en él á Castelar. Pronunció una brillante arenga combatiendo esta sangrienta proposición, y haciendo la defensa de las antiguas formas republicanas tan escarnecidas en aquellos días, por los que volvían su rostro al sol del Imperio, que era el que más calentaba por entonces. Me fué imposible oir por entero su discurso, pues las continuas y ruidosas interrupciones de que era objeto impedían que su voz llegase muchas veces á mi oído.

»No volví á verle en Roma y perdí su pista durante toda la Edad Media. En el siglo XV me dijeron que haciendo unas excavaciones en la ciudad de Agrigento, al levantar la tapa de una urna, maravilloso trabajo de cincel griego, lo encontraron dormido profundamente sobre el manuscrito de las obras de Homero.

»Por último, le vi una vez más en la Universidad Central de Madrid. Explicaba la historia del universo en una cátedra de diez pies en cuadro con honores de pasillo. «¡Ay—exclamé para mis adentros,—y cómo echarás de menos, ilustre heleno, aquellos tapizados jardines del Ática, donde tantas veces te he visto conversar con Isócrates y Platón!»

»En aquel momento el profesor fijó en mí su mirada perdida, y cual si viese mis adentros ó fueran también los suyos, dijo:

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