».....Al posar, señores, nuestra vista sobre los campos resplandecientes de la Grecia, sobre el Olimpo, ornado de mirtos floridos, de lentiscos, de laureles, en cuyas hojas brillan eternamente gotas de rocío que descomponen la luz en mil varios matices; monte coronado de un cielo siempre etéreo y azul, desde cuya cima se descubren á lo lejos las ondas del mar, que se rizan en blancas espumas, y el Oriente, la cuna del sol, la cuna también del paganismo, y al ver aquel templo misterioso convertido en ruinas, sus dioses en momias, secas las flores que lo cubrían, perdidos sus cánticos sin que de ellos quede ni un eco en los aires, desiertas las rientes playas por donde corrían, coronadas de verbena, sus teorías, una indefinible tristeza se apodera de nosotros y parece que se despierta en nuestra alma un sentimiento hostil al cristianismo.»
III
Cuando una idea baja de la región de las madres á tomar carne en un hombre, agota con habilidad que maravilla, sin distraer uno solo, todos los recursos que nuestra naturaleza finita la ofrece para mostrarse admirable; y aparece el genio. Castelar ha encarnado en los tiempos presentes la idea de la elocuencia. El que desee ver claramente las pruebas de esa verdad no tiene más que examinar con cuidado su vida y sus escritos, y podrá observar con cuánta energía se muestra el orador en todos los rasgos del hombre y en todas las páginas del escritor. Leed cualquiera de las obras de Castelar y, sin daros cuenta de ello, vuestros labios empezarán á moverse, pronunciarán al principio tímidamente aquellos tersos períodos, después los dirán con énfasis, y al cabo de algún tiempo, si algo no os saca de vuestra distracción, estaréis declamando en alta voz. Es que por todas las páginas del libro corre y centellea la idea de la elocuencia. Es que Castelar es siempre un orador.
¿Y qué es un orador? El orador es para mí el hombre á quien Dios entrega la espada del espíritu, la palabra. Unas veces se sirve de ella para sacar muelas en la plaza pública, y otras para volcar los imperios. Pero esta espada sale alguna vez de las fábricas cerúleas luciente y afilada como aquella de fuego que, al decir de la Biblia, un ángel esgrimió contra nuestros primeros padres á las puertas del Paraíso, y la Providencia las destina á los seres privilegiados como Castelar. Otras salen melladas y opacas como la que Bernardo usara en otro tiempo, y son las que el Padre Eterno regala á los seres que nacen sin privilegios como Perier.
La palabra de Castelar es una palabra exuberante, briosa, con todo el calor de la juventud. Es una palabra destinada á hacer la luz en el profundo piélago de nuestra política, sublime y aparatosa como la de Moisés, flexible y gubernamental como la de un lord.
Su espíritu recibe todos los días nuevos ensanches como las grandes poblaciones, y la palabra corre con presteza como medio de comunicación á infundir la vida y el movimiento en la nueva ciudad. Es una fuerza que sin cesar acrece, llenándose de todo lo sano que flota en el ambiente que respira, y su palabra recibe en cada transformación un nuevo temple que la hace esclava, bella y sumisa de un pensamiento grande.
Mas esta esclava es una esclava india, no hay que dudarlo, y por más que en ocasiones vista á la europea y siga la moda de París, veo aprisionado en sus ojos el rayo de sol del Mediodía y en sus cabellos negros y sedosos contemplo las sagradas selvas del Indostán.
Castelar trae del Oriente el sentido poético de la naturaleza tan necesario para templar y vigorizar los vuelos harto descompasados del ideal en nuestra Europa. Su estilo es un estilo plástico y poblado de imágenes que giran en caprichosos pasos por delante de vuestros ojos con la sonrisa en los labios y apuntando al porvenir.
¿Nunca sumergisteis vuestra mirada en las profundidades del mar durante una tarde sosegada y dulce del estío, en una de esas tardes en que se muestra trasparente como una doncella que quisiera abriros su corazón? ¡Cuánto rico tesoro, cuántas espléndidas ciudades olvidadas para siempre en el seno de las aguas os hace ver la inquieta fantasía! Sumergidlas también en las profundidades de ese estilo oriental, y alcanzaréis á ver los prodigiosos tesoros y las maravillas que puede fabricar la palabra humana.
Es una felicidad para el Sr. Castelar no haber nacido en los tiempos de Nerón ó de Calígula, porque su lengua admirable haría nacer indudablemente en aquellos insensatos la infernal idea de cortársela para servir de plato en sus festines.