¿Pero qué tiene que ver esto con la política?
¡Ay! cuando llegue á Pérez Escrich, verán ustedes cómo no le pregunto si es cantonal ó retrógrado.
Fué en un viaje cuando trabé conocimiento con el Sr. Alarcón. Iba desde Palencia á Valladolid. Por cierto que en este trayecto el paisaje y la tarifa de ferrocarriles son á cual más despiadados. No concibo cómo nuestros Alfonsos y Fernandos hicieron verter tanta sangre por adquirir algunos palmos de esta tierra, mejor dicho de este polvo.
Así, que huyendo aquella vista aflictiva cerré los ojos y me dispuse á dormir. En el espacio de media hora tres veces cogí el sueño y tres veces me lo arrebató de entre las cejas la presencia de un empleado, que sacudiéndome con delicadeza, eso sí, me demandó el billete para hacerle unos agujeros cabalísticos. ¿Se quiere usted quedar con él? dije yo al fin esperando salvar mi cuarto sueño. No, señor. Pues entonces déme usted cualquier libro, ó haga por que descarrile el tren á ver si logro no aburrirme tanto. El empleado de la empresa sonrió con benevolencia y sacó de la faltriquera dos ó tres librillos muy sobados que decían sobre el forro: «Biblioteca de viaje». Le di las gracias. Contenían varias novelas de Alarcón, ¿Por qué era rubia? Coro de Ángeles, El final de Norma y algunas otras.
Las devoré como pan bendito, y el autor que las confeccionara se introdujo por derecho propio en mi estimación. Son animadas, picarescas, llenas de color y donaire. En verdad que al recordarlas deploro amargamente la austeridad que sombrea su última producción romancesca. Se conoce que el Padre Manrique le tiene aterrado con sus lucubraciones de ultratumba.
Me agradaron y contribuyeron en casi todo á hacerme soportable el mundo gris que se percibía por las ventanillas del carruaje. En efecto, son frescas, risueñas, campechanas. Bien se echa de ver que no han pasado todavía por la sacristía. Son pequeñitas, vivarachas, bien torneadas como las niñas de Guadix, y sobre todo ¡tan poco mojigatas! ¡Oh, Dios! ¡cómo me gustan á mí las niñas de Guadix! Pero no confundamos lo abstracto con lo concreto. Debo afirmar que sus formas son inmejorables (las de las novelas, no las de las niñas), que están escritas con lenguaje castizo y flúido y salpimentadas feliz y largamente.
Paso por alto un tomo de poesías, que bien mereciera pasarse por bajo, y hago merced también del Diario de un testigo de la guerra de África, de las Cosas que fueron y de alguna otra producción literaria del autor, para convertir mi atención y mi crítica al Sombrero de tres picos.
Si yo le dijese al Sr. Alarcón que el Sombrero de tres picos es lo mejor que ha hecho en su vida, tal vez mostrase mal talante y se doliese de que tomara por obra maestra lo que sólo aparece como fruto del esparcimiento y no de la meditación. Sin embargo, cuando los ocios del ingenio dan por resultado obras como la ya mencionada y la actividad exquisita del espíritu engendra producciones como El escándalo, yo, á despecho del Padre Astete, me declaro campeón de la pereza y lucho en campo abierto contra la diligencia.
Y es que en las obras de arte juega la espontaneidad un gran papel, y entiendo que es más cordura en un autor consultar primero al poder que á los deseos. El que ejecuta aquello para lo que sirve ó se siente llamado, es mil veces superior al mayor ingenio si éste, desconociendo su vocación, se empeña en tareas imposibles y absurdas. Mas no anticipemos los comentarios.
La historia verdadera ó fingida que se narra en el Sombrero de tres picos era conocida de todos los españoles. Yo había recibido la patriótica tradición de los labios autorizados de un sujeto que en otro tiempo había tenido la debilidad de dar de puñaladas á su legítima esposa. El hado adverso, en figura de Código penal, quiso que fuera á pasar una temporada á Ceuta ó al Peñón de la Gomera, no estoy bien seguro dónde, y de allí nos trajo la historieta cuya relación solía acompañar con juegos malabares, algunos saltos y no pocas muecas.