La traza y disposición de sus novelas no pueden ser más sencillas. La sencillez es una hija predilecta de la realidad, aunque la realidad por sí misma no sea el arte. Para que el arte aparezca, es necesario que en la realidad penetre la idea, porque lo real sin idea no es más que lo trivial. Y lo trivial es precisamente el escollo en que tropieza con frecuencia el esquife de Fernán-Caballero. Sus caracteres no dejan de tener realidad, pero son casi siempre adocenados y vulgares: no han recibido el soplo del arte que los trasfigura sin arrancarles su realidad. Téngase presente, además, que se esfuerza con censurable empeño en derramar sobre el personaje que encarna las ideas que aborrece todo el veneno de su pluma, privándole, no sólo de las virtudes más corrientes, sino hasta de una regular educación. Formar caracteres de una sola pieza no indica más que ausencia de recursos para obrar con los que están formados de varias, redunda en grave menoscabo de la verdad y disminuye en no poco el interés de la novela.

Las situaciones que describe tienen verdad y sentimiento, pero vuelvo á repetir que esto no basta. El fin de la novela no es conmover el corazón y hacer derramar lágrimas, sino despertar la emoción estética, la admiración que produce lo bello. Nunca se hiere en vano la fibra del sentimiento; nunca se representan cuadros lastimosos de las desdichas humanas, ya sean estos cuadros en alto grado dignos de lástima, desde el punto de vista del Arte, sin afectar nuestra sensibilidad. Además, hay lágrimas que se derraman por el buen parecer, porque no digan, sobre todo viendo dramas. En la representación de uno titulado..... (suprimiré el título), al morirse el protagonista de una enfermedad no muy bien diagnosticada, en lo más patético de su discurso, hube de sufrir un tal ataque de risa, que desperté en torno mío fuertes murmullos de desaprobación y aun de amenaza. Los padres fruncieron el entrecejo en manifiesta señal de desagrado; las madres lanzáronme miradas cargadas de rencor y de odio; las niñas posaban sobre mí sus ojos velados por las lágrimas con mezcla de indignación y de asombro. Nunca se viera corazón más empedernido. Y sin embargo, yo presumo de tenerlo blando en demasía. Cuando niño he salvado muchos gorriones de las manos de mis condiscípulos. Lo que hay es que soy un poco romano, y cuando un hombre muere en escena y no en una alcoba de su casa, exijo, como á los gladiadores, que muera con gracia.

El estilo de nuestro autor es sencillo y poético. Su lenguaje, aunque padece notables incorrecciones, es, por lo general, franco y animado, en ocasiones lleno de color y armonía, reflejando la vívida luz, los argentados celajes de la Bética, repercutiendo los mil rumores de sus bulliciosas ciudades, devolviéndonos todo el perfume de su embalsamado ambiente.

¡Triste cosa, por cierto, que un escritor que tan bien siente la naturaleza, la combata con tal encarnizamiento!

D. PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN

OMO soy un sí es no es escrupuloso, me asaltan ciertos temores de no ajustar mi crítica á la «constante y perpetua voluntad de dar á cada uno su derecho». Todo el mundo sabe que el Sr. Alarcón se ha cortado la coleta, para dedicarse á reaccionario. Y yo, que en punto á reaccionarios me atengo á Perier y al Padre Sánchez, y no deseo conocer ni tropezar con otros, me veo ahora en un aprieto al dar con mi pluma sobre otro de la misma camada.

Cualquiera creerá, si digo algo malo del Sr. Alarcón, que me impulsa á ello la pasión política. Pongo por caso: figúrense ustedes que afirmo que Alarcón es elocuentísimo cuando describe los arremangados brazos y la soberana pierna de la señá Frasquita, y torpe y descolorido al pintar la faz pálida y enjuta del Padre Manrique. ¡Qué apasionado! ¡qué injusto! Y con este anatema sobre la cabeza no hay medio de que un hombre de bien emita su juicio sobre otro hombre de bien y de orden.

Y no obstante, yo estoy firmemente convencido, no sólo de las anteriores afirmaciones, sino de que el Sr. Alarcón, en el santuario de su conciencia, sigue más aficionado á los brazos y á las piernas de la señá Frasquita que á la carne de momia del Padre Manrique.