¿Pero y el espíritu? ¿Pondríamos también bonete al espíritu?
Las novelas de Fernán-Caballero son de las que un notario, que vive en el cuarto segundo de mi casa, llama morales. Debo advertir que, según la estética singular del infrascrito, las novelas no tienen otra división que en morales ó inmorales. Y ningunas, con mejores títulos, pueden incluirse en el primero de los grupos que las de nuestro ortodoxo escritor. La moral entra por mucho, por casi todo, en sus obras; pero es justo que haga una observación capital sobre este punto. La moral de Fernán-Caballero no surge en la escena, engrandecida por el dolor y por el combate, prestando eficaz respuesta y solución al sombrío interrogatorio de la conciencia, disipando como un soplo de esperanza las nubes siniestras que se agrupan en la frente del hombre de este siglo. Es una moral de cortísimo vuelo destinada á colegialas de quince años y á jóvenes que no hayan pasado en sus estudios de la segunda enseñanza. No resuelve más cuestiones que las de la obediencia á los padres, respeto á los mayores, castidad en las obras, palabras y pensamientos, dulzura con los inferiores y misericordia con los menesterosos. Es una moral de primera comunión.
Mas aunque así sea, sacan ventaja y no poca sus novelas por más de un concepto á la multitud de bastardas producciones difundidas por la sociedad francesa de nuestros días. Ya que por su insignificante trascendencia no dirijan el pensamiento hacia un ideal de perfección y grandeza, abstiénense de perturbar los corazones y corromper las costumbres como aquéllas. Pueden caer sin peligro en las manos de una virgen. Son libros de misa un poco romancescos. En cierta ocasión tropecé con un amigo mío, joven de gran inteligencia y muy conocido entre nosotros por sus ideas radicalmente anticatólicas. Llevaba debajo del brazo algunos libros que yo con poca discreción tomé en la mano sin pedirle permiso. Eran dos novelas de Fernán-Caballero, y mi querido ateo me confesó, con un ligero rubor, que iban destinadas á su prometida.
No tenía por qué ruborizarse mi joven amigo. Á un estado de perfecta inocencia (entendiendo que es un estado transitorio, imposible de sostener como definitivo en la vida humana), convienen en un todo estas novelas escritas con una pluma delicada y sumisa. Predicar la rebelión á los jóvenes y muy particularmente al sexo femenino, sin justificar plenamente esta lucha insensata con la sociedad; deslizar entre los arrebatos de la pasión una multitud de dudas cuyo examen no puede llevarse á cabo seriamente en los laberintos de una fábula, es, á mi entender, uno de los caracteres que más afean y hacen peligrosa la moderna literatura romancesca de Francia.
Sin embargo, no todos en la sociedad van á la escuela y comulgan por Pascua florida. Los más de los seres han dejado en los abismos del tiempo sus quince años, y en los de la nada las puras ilusiones que los acompañan. Hay muchos en los cuales el sentimiento religioso yace amortiguado bajo el peso de la sensualidad ó del escepticismo. Las novelas de Fernán-Caballero y su escuela no tienen poder, no tienen rasgos bastante enérgicos para despertarlo en estos seres. La duda amarga y deletérea de Lelia no alcanza á disiparla la cándida y mística sonrisa de Elia. Jorge Sand ha dado vida á un ser misterioso, siniestro, imaginario, pero grande, porque expresa con notas desoladoras la crisis de un alma grande. Fernán-Caballero, quizá con el secreto intento de oponer la obediencia á la rebelión, la certidumbre á la duda, el sosiego á la exaltación, ha engendrado un ser inmaculado y tierno, pero que toca en los confines de la vulgaridad.
Elia, criatura frágil é inocente, se rinde á la pesadumbre de una preocupación social. Lelia alza su noble, pero asombrada frente, antes de morir y exhala una blasfema imprecación. Elia muere, no ya sin maldecir, pero sin comprender siquiera la injusticia que la mata. Lelia rompe violentamente los moldes de la naturaleza femenina, y se lanza con vuelo impetuoso en las regiones de la protesta y de la rebelión. Elia no sale de estos moldes, pero sucumbe aceptando como santo uno de los más torpes errores que ha engendrado el orgullo humano. Lelia se revuelve con acento inspirado, aunque colérico, contra los egoísmos y sinrazones de la sociedad. En Lelia hay un derroche de genio. En Elia hay un derroche de moral.
La trascendencia que nuestro novelista piensa comunicar á sus obras, no se deriva de su concepción y desenlace, débiles ó insignificantes las más de las veces, sino más bien de una multitud de ideas esparcidas sin gran razón y pertinencia por el curso de ellas. Sus personajes más simpáticos se pronuncian casi siempre por el antiguo régimen, y baten en brecha por medio de una argumentación poética ó irónica, todo menos profunda, á los desdichados ó ignorantes que representan la edad moderna. Así se da el caso en una de sus obras, de que una cocinera arrolle discutiendo alta filosofía á un sabio doctor enciclopedista. Cuando no tiene liberales con quien habérselas, Fernán-Caballero la emprende con los paganos, y se irrita grandemente porque aquellos ciegos adoradores de Júpiter grababan sobre sus tumbas el sit tibi terra levis[4], en vez del requiescat in pace. De los accidentes más nimios de la vida quiere sacar razones para la apologética católica. Por todas partes trata de ir á Roma.
Tiene una sensibilidad religiosa que sabe aspirar lo que de poético hay en la pompa del culto, y en el ritual de las ceremonias eclesiásticas; una sensibilidad que algún sacristán llamaría de rúbrica. Pero es intransigente en este punto, como el Breviario, y para no incurrir en sus iras, es necesario conmoverse á misa mayor. ¡Desgraciados aquellos que son insensibles al incienso y al órgano! Sobre ellos cae sin piedad todo el negro de su paleta.
Mas aparte de estas intransigencias y exageraciones, no puedo negar que me complace más ver una pluma femenina al servicio de la religión, que sirviendo de intérprete á las vacilaciones y combates de nuestro siglo. El espíritu de la mujer es esencialmente receptivo, conservador, se amolda fácilmente á toda realidad, aun la más dolorosa, y extrae de ella los elementos de belleza y armonía que contiene. La mujer no debe participar de nuestras dudas y sufrimientos, porque se quebraría como se quebró Gloria. Esperemos para introducirla en el mundo agitado de nuestra conciencia religiosa á que hayamos conseguido arrancar á la duda su cabellera de sierpes para ofrecérsela, al modo de los antiguos guerreros de la América, como trofeo de nuestro combate.
La inspiración de Fernán-Caballero es la que más conviene á su sexo; una inspiración suave y delicada que reposa dulcemente en el seno de la religión. Es capaz de describirnos con admirables toques la psicología simplicísima que se encierra en el pecho de una virgen, pero su pincel diminuto no tiene fuerza para trasladar los surcos terribles que abre la pasión en el corazón del hombre. Se advierte en este pincel la falta de firmeza y costumbre que caracteriza al artista femenino, mas en su lugar se observa la ternura y sagacidad que también le caracterizan. Se presenta como paladín de la fe católica, de la política monárquica y de las costumbres añejas, pero siempre expresando amor apasionado á la causa que defiende, no con esos refinamientos y artificios hipócritas que hoy despliegan los que se cobijan bajo la bandera de la tradición. Con su amor y su entusiasmo quiere infundir el alma en el cadáver del pasado, como uno de esos soplos de aire tibio que en medio del invierno vienen resueltos á dar vida á la naturaleza muerta.