Al llegar á la edad en que ya no se le pregunta á uno lo que lee, sino lo que gana, me he visto obligado, con profundo dolor de mi alma, á poner de patitas en la calle á todos mis románticos amigos. Y los momentos en que mis ocupaciones me dan tregua, en vez de leer novelas, me dedico á escribirlas. Pero las escribo para adentro, porque hoy por hoy tengo la fantasía al servicio de mi corazón y tejo cada pocas horas, para mi uso particular, unos cuentos tan fantásticos y patéticos que á todos parecerían increíbles. Ésta es la costumbre de las cosas inverosímiles.

Sin embargo, como siempre fui bastante amigo de pasar con la mía (¿quién no es amigo de pasar con la suya?) me he empeñado en demostrar á mi viejo maestro que aquellas lecturas anticlásicas que con tanto ardor persiguió en otro tiempo no fueron tan inútiles, ¿qué digo inútiles? tan perniciosas como él suponía, puesto que hoy me permiten cumplir con el deber que he contraído de escribir para el público.

Voy á describir, por tanto, cual viajero que se sienta á descansar después de un largo viaje, las extrañas y rientes comarcas por donde anduve. Voy á lanzar á los vientos de la publicidad impresiones, juicios, observaciones sobre mis lecturas atrasadas. Público amigo, no des la razón á mi viejo maestro. Dígnate recogerlas del suelo, aunque después las arrojes como frutos desabridos á los que falta la madurez de la experiencia.

He dicho que Fernán-Caballero perteneció á mi segunda época. Por cierto que me eran tan simpáticas sus creaciones y tan amables sus cuadros, que con ser yo muy devoto de la época presente y muy admirador de sus progresos, más de una gana me asaltaba de volver casaca y hacerme servilón, tan sólo por el placer de ocupar un puesto en sus escenas de familia y tratar personalmente á la mística Elia y á la sensible Lágrimas. Mas pronto reflexionaba que no podía ser tal mi fuerza de disimulo que no asomara la oreja de negro en la ocasión menos prevista, y entonces tendría que pasar por el bochorno de ser arrojado de aquellos santos hogares y despreciado por aquellas lindas mujeres.

¡Quién me dijera entonces que yo, su admirador, su enamorado, haría, tiempo andando, el papel de amiga envidiosa, poniéndome á buscarles con la mayor sangre fría sus más pequeños defectos! El papel de crítico es en verdad muy desairado, á veces odioso, pero como acontece también con ciertos otros en las obras dramáticas, es absolutamente necesario para el buen orden y progreso de la literatura.

Bien que las novelas de Fernán-Caballero me encantasen siempre, no dejaba por eso de pensar vagamente aun en los tiempos de mayor entusiasmo que en ellas sobraba mucho. Ahora entiendo que falta no poco.

Para comprender bien á Fernán-Caballero, es preciso tener presente, en primer término, que sus obras no son la expresión pura y sencilla de una fantasía que gusta de presentar al público la turba de imágenes que en ella flotan; sino más bien la labor viva y apasionada de un pensamiento batallador. La novela es para él un arma con que asalta las conciencias y las somete á su imperio. Y ciertamente no he ser yo quien repruebe tal uso, cuando responde perfectamente á la naturaleza de este género literario, y no rompe con sus constantes tradiciones. La novela puede servir y ha servido siempre para un fin social. Mas debo advertir, para satisfacción de ciertos escrúpulos literarios, que antes que nada, la novela es una obra de arte, y que como tal, su fin primero es realizar belleza. Lo demás se le otorga por añadidura. La novela, como tal obra de arte, puede, aunque no debe por necesidad, enseñar algo. De hecho constituye un verdadero poder en nuestra sociedad, ejerce una influencia legítima en nuestras costumbres, y en ocasiones ha buscado y hallado arraigo para alguna idea peregrina. La tarea del crítico sobre este punto consiste en observar de qué modo se ha llevado á cabo todo esto. Nunca debe olvidarse de que es el defensor del arte contra los excesos de la pasión ó las invasiones del espíritu didáctico.

¿Cuál es la idea que agita el corazón femenil de Fernán-Caballero, que mueve su pluma y se encarna en sus novelas? La idea del pasado. Por él combate cuerpo á cuerpo, sin que le rinda jamás el sueño ó la fatiga, manejando con febril entusiasmo una daga tenue y afilada, la sola arma que puede sostener su delicada mano. Sus novelas, no son más, es decir, son además de obras muy bellas, un diluvio de alfilerazos á nuestra filosofía, á nuestras costumbres, á nuestra política. Son pequeños cuadros de antaño, que por la suavidad del color, por su dibujo primoroso y por su ambiente diáfano, quiere que contrasten con los licenciosos cromos de hogaño.

Espera que el lector, al contemplarlos, eche de menos aquellos sabihondos frailes, aquellos severos padres, sumisos hijos y servidores fieles, comprenda la santidad de aquellos respetuosos besos en la mano, y la solemnidad de aquellos chocolates al amor del brasero. Todo lo cual gozaron nuestros abuelos dentro de la sana moral y del temor de Dios.

Y en verdad que el lector no deja de tener por ciertas las proposiciones de Fernán-Caballero y de extasiarse con las tiernas escenas que nos representa en sus cuadros. Mas como la funesta manía de pensar se ha introducido en todas las cabezas y es un mal que no tiene cura, doy en cavilar y da también el lector, pariente cercano mío, que para mudar de vida y volver á las usanzas de nuestros progenitores es de toda necesidad que Fernán-Caballero nos garantice: que los frailes serán siempre sabihondos y mesurados, y no cicateros intrigantes, amigos de darse buena vida y de revolver por solaz la ajena; los padres, siempre comedidos, incapaces de contrariar la legítima vocación de sus hijos ni de abusar de su poder por ningún concepto; los nobles, protectores generosos de la debilidad, no insolentes disipadores de sus caudales. Y después que todo esto nos garantice, es menester también que nos indique los medios de volver este pícaro mundo al estado que apetece. Aunque presumo que sólo se podrá dar cima á la empresa convocando una magna reunión de los humanos y conviniendo entre nosotros, después de haber estudiado minuciosamente cada una de las épocas históricas, cuál es la que debemos preferir. Con esto, y con encargar á París que en vez de sombreros de copa se fabriquen en adelante bonetes y chambergos y que apaguen á toda prisa sus endiabladas luces eléctricas, podríamos tal vez inaugurar de nuevo los tiempos de Mari-Castaña.