La hora es por demás oportuna y decisiva. El fruto amarillea en el árbol, y no espera más que una leve sacudida para caer en nuestras manos. Las antiguas y originalísimas costumbres de nuestra patria van desapareciendo y ofrecen al morir el interés punzante y melancólico de todo lo que ha sido y dejará pronto de ser. Si no aprovechamos estos momentos, la moderna cultura ceñirá á nuestros miembros su estrecho uniforme que oculta lo singular, lo original, lo característico, y ya no será tan fácil percibirlo.
Preparaos, pues, aquellos que sentís latir en vuestra alma la inspiración artística, poneos la pluma tras la oreja, arreglad vuestras cuartillas, tomad el tren expreso, diseminaos por la Península. No tardaréis mucho en volver, yo lo presiento, con salud en las mejillas y la novela española bajo el brazo.
FERNÁN-CABALLERO
O he leído muchas novelas; todas cuantas hube á mano en los felices tiempos en que con la mayor inhumanidad me obligaban á estudiar humanidades. Mi profesor de latín, una especie de arcaísmo semoviente que nos traducía con espasmos de regocijo la descripción de Venus Cyterea en la Eneida, y con lágrimas en los ojos las quejas de Ariadna abandonada, me tiene sorprendido no pocas veces enfrascado en la lectura de Juan Palomo. Esta lectura, llevada á cabo en los momentos mismos en que se volvía por activa y por pasiva á la diosa más amable y despreocupada del paganismo, constituía un verdadero desacato á la mitología, y como tal era castigado. Pero esto no impedía que yo siguiera simpatizando con todos los engendros de Ponson du Terrail, Paul Feval, Sue, Fernández y González, Dumas y tantos otros. Mi cerebro parecía el salón donde se hubiera dado cita la sociedad más escogida de París y Sierra Morena. Juan Palomo, Juan Valjean, Juan Lanas, La Dama de las Camelias, Los Siete Niños de Écija, El Caballero del Águila, Candelas, Manolito Caparrota, y muchos otros de igual jaez, á todos los recibía yo en mis salones con la amabilidad más exquisita, como diría La Correspondencia.
Estas recepciones, que me hacían trasnochar en demasía, redundaban por lo mismo en perjuicio de mi humanidad y humanidades, porque me tornaba cada vez más flaco y amarillo, al paso que ignoraba por redondo hasta el más insignificante supino. Ni siquiera, pues, podía decirse que era supina mi ignorancia. Mas en cambio de una ciencia que yo miraba con el más cómico desdén desde el Chimborazo de mi entusiasmo, iba criando una imaginación encendida y melenuda capaz de dar al traste con el poco sentido común que me quedaba. Así lo comprendieron mis deudos y amigos, y así hube también de comprenderlo yo á la postre, por lo cual traté de ir apartándome paulatinamente de tan brava compañía. Desde luego me decidí á dedicar sólo un día á la semana, los viernes, á la lectura de novelas y á ser un poco más cauto en su elección. Acudieron entonces á mi tertulia una porción de personajes más simpáticos y finos que los anteriores. Veíanse allí á Werter, Ivanohe, Atala, Eugenia Grandet, Wilhelm Meister y muchos otros que no recuerdo. Fernán-Caballero surtía también de amables personajes esta tertulia.
No cabía duda que los viernes del Sr. Palacio Valdés eran de lo más ameno que por entonces existía. Así y todo mi profesor seguía considerándome como un bárbaro escyta indigno de toda relación con los héroes de la Eneida y hasta con los animales de las Geórgicas.