AL vez convendría, lector, que empezase este prólogo aseverando que el éxito, y sólo el éxito tan ruidoso como inmerecido, ganado por mi colección anterior de semblanzas, me ha impulsado á ofrecerte la presente. De esta suerte llegarías á saber, no tan sólo que existe un libro de semblanzas que puede ser comprado, sino también que el autor del que tienes en la mano es un autor aplaudido, cursado y experto en tales sujetos, lo cual previene admirablemente para que no se escape ninguna de las agudezas que en él pudieran contenerse, y se tornen invisibles las muchas tonterías de que está plagado. Pero, lector, yo no soy un embustero. Conozco perfectamente los mandamientos de Krause, y sé que el hombre debe buscar la verdad con espíritu atento y constante, por motivo de la verdad y en forma sistemática. Cuanto saliese de mi pluma sobre favorables acogidas, compromisos contraídos, temores del porvenir é inquietudes del presente, sería pura y vulgar hipocresía. Ni tengo noticia de que mi libro anterior haya logrado éxito alguno, ni, caso de lograrlo, me creyera obligado á escribir otro parecido, ni aun al darlo á luz en este instante me propongo llenar el más pequeño hueco. No; este libro se ha escrito sin motivo, quizá porque su autor no ha tenido ocupaciones más urgentes que se lo hayan estorbado. Sobre esto, puedo añadir que no fué mi intento trazar un estudio serio ó profundo de la novela española, ni menos apuntar los fundamentos estéticos en que tal género descansa, ni siquiera influir con mi desautorizado consejo en los acuerdos ó en la marcha de sus cultivadores. Mi objeto fué, pura y lisamente, escribir semblanzas.

Bien se me ocurre que el hombre no vino al mundo sólo para escribir semblanzas; pero debes tener presente, lector, antes de fulminar tu juicio sobre estas páginas, que ningún trabajo de las criaturas en este planeta merece total desprecio, ni las telas de las arañas, ni los agujeros de los grillos, ni los versos de Grilo. Por no despreciar á nadie, me impuse la obligación de consagrar tiempo y espacio á ciertos autores que verás con sorpresa en esta galería. He sido un tanto irrespetuoso con ellos, y me he autorizado más de una chanza al hablar de sus escritos; pero todos los grandes ingenios han tenido que sufrir estos desahogos de la envidia y maledicencia coetáneas, y en esta ocasión, como en todas las demás, la posteridad no dejará de resarcirles cumplidamente de tales molestias, dejándoles dormir en paz el sueño eterno.

En rigor, pues, no son todos los que están. Mas en rigor, tampoco están todos los que son, y no ha de faltar, lo estoy viendo, quien con gesto de soberano desdén, suelte mi libro de las manos diciendo: «¡no está Fulano!»—Contestaré á este gesto y á este cargo.—En primer lugar, es preciso que el público reconozca mi derecho á fatigarme de escribir semblanzas. He podido escribirlas y he podido no escribirlas. De la misma suerte he podido escribir tales ó cuales y no escribir tales ó cuales otras. Porque el hombre posee la facultad de determinarse á sí mismo en conciencia, lo cual significa que es causa propia y primera de su actividad. Unas veces se determina á obrar y otras se determina á no obrar. En esto se hallan conformes todos los tratadistas.

Ahora bien, al dar fin á este trabajo, ó si se quiere trabajito, no quise decir expresa ó tácitamente: «no hay más novelistas en España»: lo que puramente dije, fué: «yo no escribo más semblanzas de novelistas».

La novela, en nuestra patria, no es otra cosa, por ahora, que un campo vasto é inculto donde de trecho en trecho brota alguna flor de pétalos rojos y lustrosos, y crecen en abundancia las plantas de forraje. Mas el suelo puede dar novelas, sobre esto no cabe duda. Los últimos trabajos de la comisión del mapa geológico lo comprueban de un modo terminante.

Subamos á una de las sierras más elevadas de nuestra Península. ¿No es bastante? Pues subamos á una sierra ideal y observemos.

Hacia el Mediodía el sol es más grande y más dorado, el espacio más diáfano y azul. Sembrados por doquiera, en medio de viñedos y jardines de naranjos, blanquean centenares de pueblos, nadando en un vapor trasparente, luminoso, embriagados por los perfumes de una vegetación vívida y ardiente. En el aire vuelan las mariposas irisadas; en la tierra hormiguea un pueblo nervioso, exaltado, feliz, que se enamora al pie de la reja, que inventa caricias y bravatas, que injuria á los santos y les besa los pies, que llora y ríe sin motivo, que suspira cuando canta, que tiene los ojos negros, un pueblo hospitalario, franco, orgulloso, que ha hecho las proezas por millares y las relata por millones, que ama á Dios y á las mujeres sobre todas las cosas, y se come la mitad del idioma castellano.

Por la parte del Norte se descubre un cielo triste, pero de tintas dulces y delicadas. Hay un toldo de nubes que embaraza y aprisiona los rayos del sol, y cuida de que lleguen á la tierra lánguidos y mimosos. Los valles y las colinas y todo lo que abraza la vista es verde. En las colinas crecen los árboles que detienen las nieblas, en los valles crecen las yerbas y serpean los arroyos. Las gotas de agua están suspendidas constantemente en la atmósfera, en los árboles, en las yerbas, en los techos de las viviendas. La mar es áspera y espumosa, el cielo caprichoso y melancólico, la tierra dulce y agradecida. Allí vive un pueblo que trabaja como las acémilas y medita como los filósofos, un pueblo espiritual y sensible que come pan de maíz, que ve fantasmas y duendes por las noches, que muere en el campo de batalla por una idea, que tiembla en presencia del escribano; un pueblo sensato, paciente, melancólico, que sería muy poeta si estuviese mejor alimentado, que posee cual ningún otro la virtud de no decir «esta boca es mía».

Cada uno de estos pueblos guarda en su vida preciosas novelas que no ha querido mostrar á los viajeros frívolos. Mas, cuando Galdós y Valera llegaron á demandárselas, todos hemos visto con qué singular cortesía se ha portado.