No diré yo que no me gusten las obras de Valera. Me encantan sobremanera. Pero siento que ese barniz metafísico que sobre ellas extiende las haga impenetrables para la mayoría de los lectores.
Todo es asunto de dosis en este mundo. La metafísica en las obras de arte es preciso administrarla con mucho cuidado. Debe ser acción más que discurso y fruto de la intuición más que del estudio.
El procedimiento artístico que Valera emplea en sus novelas es el mismo que han adoptado todos los novelistas psicólogos. Poner frente á frente la vida ideal y la real, para que de este contraste resulte una enseñanza, una elegía ó una sátira. En las obras de Valera resulta siempre una sátira. Mas el pensador hace enmudecer hartas veces al artista. Se observa esto en el vagar con que escruta y describe los misteriosos senderos del alma, lo mismo que en la ligereza con que roza los trillados caminos de la vida real.
La sátira que resulta de sus novelas, principalmente de Las ilusiones del Doctor Faustino, es el castigo del idealismo, pero aun este castigo resulta ideal. No parece sino que el autor, en fuerza de estudiar el espíritu de la víctima en quien va á consumarse el escarmiento, se enamora de ella. Así que, cuando el castigo se presenta, el lector se niega á admitirlo como tal, y lo considera como una desgracia fortuita é inmerecida. A las novelas de Valera, como no son dramáticas no se las debe pedir un interés vivo, un enredo complicado, ni tampoco esa brevedad y rapidez que caracterizan al drama. Tal vez por no tener bien presente esto se han dirigido á Valera reproches inmerecidos que debieran compartir con él, por hallarse en caso semejante, Cervantes, Gœthe y Juan Pablo. ¿Qué enredo tienen el Quijote, el Wílhelm Meister y el Maestro de escuela Wutz? Sólo un enredo moral. El azar apenas juega papel en estas producciones reflexivas.
No tiene fundamento, pues, á mi entender, la censura de pobreza en la acción que se dirige á las obras de Valera. Su acción es más interior que exterior, y camina en esa lentitud propia de un género tan cercano á la epopeya.
Mas si no demandamos á estas obras lo que siendo fieles á su índole no pueden otorgarnos, sí podemos exigirles ciertas cualidades que les son propias. El carácter, que expresa el elemento espiritual, tan preponderante en las obras que examinamos, no será jamás una entidad abstracta, debe formar en las filas de la humanidad como individuo, por más que la exprese toda por la grandeza del pensamiento ó la energía de la voluntad. La descripción ha de ser viva, fiel y acalorada. La digresión filosófica, lo mismo que la episódica, que son obligado acompañamiento de este género de novelas, deben ser oportunas y poco disertas. Sobre todo téngase presente que si el lector las admite y las goza al principio y al medio de la obra, cuando ésta toca á su fin, le turban sobremanera. Conviene también que el desenlace no sea, por ningún concepto, obra del azar, sino efecto y resultado del pensamiento generador de la obra, manifestándose por un rasgo peculiar del carácter principal ó por otro medio cualquiera.
Ahora bien, estas cualidades que Cervantes llevó al más alto grado de perfección, creo verlas otra vez en Pepita Jiménez, la obra más primorosa del señor Valera.
Las novelas de Valera son fruto de la inspiración, pero van poderosamente auxiliadas, como las de Gœthe, por el estudio. Hay quien supone que el estudio perturba la inspiración. Yo no creo que la cultura del espíritu entorpezca poco ni mucho los vuelos de la fantasía. Cuando la inspiración es robusta, lleva con facilidad sobre sí el fardo de la ciencia, y de inspiraciones que no sean robustas ¡líbranos, Señor!
Figurémonos á un poeta encajonado en su inspiración y aprestándose á emprender su vuelo por las regiones del arte. ¿Qué podréis añadir á su equipaje que no le estorbe? Añadidle unos agujeritos al cajón por donde pueda ver más claramente los parajes que va á recorrer. ¿No es verdad que no le pesarán cosa? El hombre de ciencia, como el Sr. Valera, puede pintar más, porque ha visto más. Entiendo yo (como diría un orador del Ateneo) que para hacerse cargo de lo que es la oscuridad, basta cerrar los ojos. Pero ¿quién puede comprender la luz sin haberla visto?
Si hemos de penetrar ahora en el fondo de sus novelas, no dejaré de gritar antes que está muy turbio. De este modo el lector, si yo no pongo en claro el asunto, ¡es claro! echará la culpa al autor.