Pues como iba diciendo, el Sr. Valera es un conservador que hace novelas de oposición. Una vez he leído en Aristóteles que al hombre se le puede conocer por sus dioses. ¿Por qué no hemos de conocer al novelista por sus héroes? Los héroes del Sr. Valera tienen mucho talento, son espirituales, discretos, hablan correctamente; en fin, no son conservadores. No tienen de ellos más, si bien se mira, que la afición á la holgura y al regalo.
Porque, eso sí, los héroes del Sr. Valera discurren mucho y bien, pero siempre sobre el modo de pasarlo mejor en este pícaro mundo. Confieso que el hombre, lo mismo que el reaccionario, tiende por su misma naturaleza á no separar los ojos de la tierra, pero es conveniente que en las obras de arte se les muestre alguna vez el cielo. En las obras del señor Valera no hay cielo. Debo establecerlo así, aunque comprometa la dicha que le espera como ferviente constitucional. Pero esto no infiere detrimento alguno á su condición de novelista. Si el hombre es libre, como manda la Santa madre Iglesia, puede pensar lo que mejor le parezca. Lo único que rogaría á todo hombre es que, si le fuera posible, pensara con la profundidad y con la gracia que el señor Valera. ¡Pero quién va á rogar esto á Pérez Escrich!
Valera concede á la vida un valor absoluto, pero á esta vida terrenal, porque respecto á la otra parece que ya sabe á qué atenerse. Un novelista que ama la vida tiene mucho adelantado para hacerse simpático. Esa literatura de catafalco cultivada por la literatura romántica nos hace soñar con los difuntos.
Presentadnos la vida apetitosa ¡oh novelistas!, puesto que no tenemos más en que escoger.
¡Cómo sonríen los cuadros de Valera, haciéndonos guiños, invitándonos á gozar de lo que hoy se llama actual momento histórico! ¿No veis qué dichoso ha sido D. Luis de Vargas por haber dado en el clavo, y cuán infeliz el alcaide perpetuo de la fortaleza de Villabermeja por machacar tanto en la herradura? Acertar ó no acertar: he aquí la cuestión. Se me figura que estoy plagiando á Shakspeare. Á pesar de eso no teman ustedes que le injurie.
Dicho sea entre nosotros, Valera no pinta virtudes, sino pecados; pero son pecados veniales, de esos que bien sería confesar, aunque no es necesario, y por los cuales aún vive Campoamor. Escriba usted, Sr. Valera, que el mundo lee. Esos pecados, que si fuera zagala llamaría de los hombres, no han perdido nada de su atractivo con el descubrimiento del vapor y del telégrafo. Aún hay encuentros en el amor y besos en el bosque, ó al revés si ustedes quieren. Esta generación no es tan desgraciada como suponen mis amigos los ultramontanos. Le falta fe, pero todavía hay algún día de fiesta. Todavía se gozan por el mundo fáciles digestiones, rayos de luna y novelas de Valera. Vean ustedes, yo me dedico al periodismo, voy sorteando lo mejor que puedo á las patronas, y no lo paso del todo mal. Pero me alejo del Sr. Valera, por contarles á ustedes lo que no les importa.
El molde de sus obras es antiguo. Es el mismo que usaran Cervantes, Quevedo y Diego Hurtado de Mendoza; esa prosa llena de efectos, de colores, de imágenes, de reflejos que deslumbran.
Confesando que tal estilo es buscado y que palpita bajo sus laberintos el esfuerzo, para mí es el lenguaje del artista. Con este lenguaje los objetos no se expresan en su desnuda realidad, sino que por sí tienen una vida propia, superior, sin ser opuesta, á la que anteriormente poseían. Cierto que alguna vez el refinamiento de la frase llega á tal punto que nos muestra el objeto indeciso y tembloroso, como si el humo azulado del cigarro se esparciera sobre él; pero aun así, prefiero los excesos del color á la anemia del estilo.
El contenido es moderno. Está constituído por un fondo contradictorio de filosofía, aspiraciones tradicionales, escepticismo, frivolidad, ironía y profundidad, caracteres los más extraños y más difíciles de explicar. Es un ateneo racionalista que discute la existencia del Ser Supremo en la resonante nave de una catedral gótica.
El Sr. Valera mantiene enhiesto hoy el estandarte de la fantasía satírica, que con tanto brío empuñaron en nuestra patria Cervantes, Quevedo, Mateo Alemán y Larra. Esta fantasía no es otra cosa que el capricho de un espíritu grande, erigido en fuente de inspiración. Consiste en la sucesión variada y dramática de los cuadros, en el contraste de las combinaciones de todos los elementos reales, en una libertad celosa y prevenida contra toda regla, en una mezcla de sagacidad y gracia, de frivolidad y fuerza, de crueldad y delicadeza.