Mas á esta arpa vibrante y sonorosa, henchida de profundas notas, le falta, como á la de Quevedo, una cuerda más dulce y armoniosa que ninguna, la cual acompaña el cántico de sus hermanas con triste y melancólica voz: la cuerda del sentimiento. Valera carece de sentimiento, carece de emoción. Detrás de su risa, quizá se esconda un pensamiento noble, un juicio recto y sereno, nunca se encontrarán lágrimas.

No se vislumbra un rayo de fe, de esa fe que engendra el heroísmo, el amor eterno y el desapego de la vida. Sólo se ve una concepción clara y positiva de la existencia, un buen sentido inalterable, una realidad perfecta.

No hallaréis en las obras de Valera expresada la idea de la trascendencia y de lo absoluto. Todo es relativo, todo es fenomenal, todo es mundano en sus concepciones. Con cierto menosprecio aristocrático detesta la vida humilde y popular, la virtud media, las alegrías y las tristezas de las gentes sencillas. Le cautivan en cambio los trabajos vivos y apasionados que se realizan en los espíritus más altos, le preocupan sus vacilaciones, sus luchas y sus desgracias.

Aquí ya encuentro un poco exclusivo al Sr. Valera. No le aconsejaré que como Zola vaya de taberna en taberna recogiendo malas palabras y peores acciones; que no son dignos en verdad esos lugares de que un tan cumplido caballero los visite. Pero sí me atreveré á indicarle que Gœthe, padre natural y legítimo del género que con tan buena fortuna ha introducido en nuestra patria, ha derramado siempre los tesoros de su fantasía en las moradas más humildes y en los corazones más sencillos. No se olvide el ilustre novelista de ponernos en contacto con seres semejantes á nosotros. Cuanto más semejantes, más nos inflamarán sus alegrías, más nos enternecerán sus desdichas. Alambicando los caracteres, como alguna vez lo hace, y separándolos demasiado del común de las gentes, empezamos á mirarlos con recelo, sospechamos que no piensan tales cosas como el autor dice, y llegamos á creer que quieren darse tono. Esa incesante meditación fatiga y seca el alma. Yo creo que hay algo en este mundo que se debe derramar de cuando en cuando. Sr. Valera, ¿por qué no nos hace usted derramar alguna lágrima? ¿Por qué alumbrará usted tanto y calentará tan poco?

Mire usted, Sr. Valera, yo he tenido una novia, aunque me esté mal el decirlo, y me pidió una novela, y yo le di una de las que usted escribió, y á los pocos días me la volvió diciéndome que no le había gustado, lo cual me causó mucho disgusto, porque me di á pensar que el dueño de mi corazón era tonto. Después reflexioné más, y me convencí de que el tonto era yo, es decir, usted, que no había sabido darle gusto. Porque á usted, á quien todo se le alcanza, no debió escapársele que mi novia iba á leer sus novelas. Y entonces, ¿por qué no las ha escrito de suerte que le gustasen, vamos á ver, por qué?

No todos me comprenderán, pero usted, que tiene tantísimo talento, sabrá perfectamente que hay un problema estético detrás de esa pregunta.

Mas si no logra dar solución á este pavoroso problema (como diría un orador del Ateneo), si no triunfa de las mujeres, en cambio, á todos los que ceñimos nuestras sienes con el laurel de un título académico, bien sea el de abogado, farmacéutico, perito agrimensor, etc., etc., nos tiene materialmente hechizados. Todos, todos convenimos en que Valera es un novelista profundo, intencionado, ameno y sabroso cual ningún otro en nuestra patria. Un ingeniero agrónomo que ha viajado mucho, asegura que no lo hay tampoco mejor en Europa y en América. Cuando hablamos de su lenguaje, los abogados, ingenieros y farmacéuticos, no encontramos calificativos bastante lisonjeros. El lenguaje no es, como se dice, patrimonio del hombre: es patrimonio de Valera. Yo tornaría á describir nuevamente este lenguaje clásico y romántico á la vez, si tuviera seguridad de encontrar quien me oyese. Porque lo que es en este momento, francamente, no se me ocurre más sobre el Sr. Valera.

II

La religión, cosa muy santa y muy digna de que los hombres la tomen por lo grave, puede ser trasformada, merced á ilusiones fantásticas y quiméricas imaginaciones propias de la edad juvenil, en un verdadero libro de caballerías. Así como en la edad madura el hombre se aplica á convertir en sustancia cuanto se halla dentro del radio de su horizonte moral y sensible, solidificando, por decirlo así, el ambiente que le rodea, del mismo modo el joven cifra su empeño en convertir en flúido imponderable, en humo, en nada, cuanta sustancia miran sus ojos y tocan sus manos.

El mundo gaseoso que todos hemos habitado por mayor ó menor lapso de tiempo, está impregnado de una pasión omnipotente, pero oscura y arcana aun para el mismo que padece sus efectos. La naturaleza, la religión, el arte no nos hablan más que un lenguaje indefinible y dulce. El alma no toca á la alegría y la tristeza, sino que alternativamente se anega y se revuelve en ellas con extraña violencia. Un vapor sutil é interno sube del corazón al rostro movido por una palabra, por un soplo, y lo enrojece. El sacrificio nos causa dulzuras inexplicables, la soledad nos arrastra con poder irresistible, la meditación es sueño, el sueño es alucinación.