Estos trueques de ideales producen unos efectos desastrosos. Las novelas fueron bajando, bajando, y bajaron yo no sé hasta dónde. Salieron á luz por entregas, por arrobas y por metros cúbicos. El señor Fernández tenía un establecimiento en liquidación dentro de la cabeza.

Y, sin embargo, ¿qué fué de tanta invención? Destinadas estas novelas á entretener los ocios de las clases menos doctas de la sociedad, perdieron casi en absoluto el carácter de obras literarias y fueron proscritas con excomunión mayor de toda biblioteca bien nacida. El autor ya no volvió á preocuparse de la composición, del análisis de los caracteres, ni de las pasiones, ni de la verosimilitud, ni de la pureza de la lengua. Lo único á que atendió fué á sorprender, á asustar las imaginaciones femeniles, á despertar y encadenar la curiosidad, arrastrándola violentamente por sucesos increíbles y absurdos.

De este modo logró conquistar una inmensa popularidad, sobre la cual tampoco debe forjarse grandes ilusiones el Sr. Fernández y González. Tuvo y aún tiene muchos lectores, pero son de tal jaez estos lectores que no pueden fundar ninguna reputación duradera. Leen por distraerse, por matar el tiempo, y las más de las veces no se detienen á mirar el nombre del autor del libro que soportan en la mano. Si lo miran, no son capaces de tributarle admiración, á la manera que al niño jamás se le ocurre admirar al inventor del juguete con que se divierte.

Las obras literarias, ó las que tal nombre merecen, no se presentan como los arenques en grandes turbas; vienen solas después de haber madurado por más ó menos tiempo en el cerebro del artista. Aquellas que no sufren una gestación laboriosa cuando se escriben, es que ya la han sufrido en el pensamiento. Me refiero, por supuesto, á las obras de mérito permanente, capaces de resistir á las inclemencias del tiempo y de la crítica.

La entrega, que Fernández y González ha cultivado con más éxito que ningún otro en nuestra patria, es la institución más perniciosa que inventaron los hombres para tormento de las letras.

Me equivoco, hay todavía otra institución más deletérea: el tomo de á peseta. En tomos de á peseta ha exprimido el Sr. Fernández las últimas gotas de su desordenada inspiración. En vano el poder legislativo de la sociedad se afana por introducir las reformas más convenientes en todos los ramos de la administración; en vano el poder ejecutivo cumplimenta con toda fidelidad las disposiciones legales, desenvolviéndolas y aclarándolas por medio de reglamentos acertados y sabios y concienzudos preámbulos. Mientras Manini, con su biblioteca de lujo, y los traductores de Barcelona sigan conspirando contra la salud pública, no tendremos en nuestra patria ni sosiego, ni riqueza, ni vías férreas, ni administración.

Torna á la ciudad el Sr. Fernández y quiere describirnos la vida real, lo que pasa pared en medio de nosotros. No dejan de tener estas sus novelas contemporáneas cierto interés y movimiento, porque el autor, por más que se empeña, no puede prescindir completamente de su poderosa imaginativa; mas allá, por el campo, adquirió unos modales tan impolíticos y serranos, que por ningún concepto recomiendo la lectura de tales obras á las niñas de quince abriles.

Resplandece en sus últimas novelas, á más de un color verde harto subido, la ausencia absoluta de previsión artística. El autor no medita ni calcula nada de lo que constituye el fondo y la forma de una obra romancesca. Prefiere abandonarse á la corriente alborotada de la improvisación, y allá van escenas y sucesos donde quiere una fantasía delirante. ¡Yo que juzgaba á la improvisación sólo buena para decir unas cuantas redondillas después de haber comido fuerte!

La pintura exagerada y un tanto burda de la vida exterior es lo que se observa á primera y segunda vista en estas producciones. La vida del espíritu merece tanto respeto al Sr. Fernández y González que no se atreve á penetrar en ella. Tal vez el alma humana tendrá que agradecerle este respeto. Debo manifestar, no obstante, en descargo de mi conciencia, que el espíritu del hombre tiene derecho á ocupar el lugar preferente en la novela. Cuando se le condena á comer el pan negro de la emigración, como en las obras de Fernández y González, la novela se transforma en cuento de viejas.

En resolución. No es posible juzgar las producciones del Sr. Fernández y González, si exceptuamos las primeras, citadas ya en este artículo, con arreglo á los sanos principios literarios. Tales obras salen del recinto de la literatura para entrar en el más oscuro y también más lucrativo de la industria. Una vez convertido el arte en oficio, ya no se trata más que de mucho papel y mucha tinta. El que hace un cesto hace ciento, y el que escribió una novela puede escribir un cargamento de ellas.