Al observar cómo me detengo en este capítulo, tal vez pensará el lector que no he leído ningún otro. Pues mucho se engañaría ¡ay! porque todos los he leído.
Hablemos ahora de la filosofía del Sr. Escrich.
La verdad es que este mundo no está bien arreglado. En esto convenimos todos. ¿Por qué había yo de estar, sin bendita la gana, borroneando la semblanza del Sr. Escrich, en vez de ocuparme seriamente en pasear por Recoletos? ¿Por qué cuando salgo de casa con paraguas no llueve, y llueve precisamente cuando salgo sin él? ¿Por qué es la muerte condición necesaria de la vida? ¿Por qué los oradores del Congreso dicen á cada instante «tuvo lugar»?
Son éstos misterios que no acierta á penetrar el humano discurso y que nos llevan á pensar en un más allá. Como decía el cura de mi pueblo en un sermón que predicaba siempre en el día de la Magdalena, «todo es fugaz sobre la faz de la tierra». Pero á mi ver no debemos lamentarnos de que todo sea fugaz en la tierra; al contrario, yo he celebrado mucho que fuese fugaz el tirón que me dieron a una muela cuando me la sacaron. Lo que de veras siento es que se hayan fugado tan presto otros momentos que tengo, cual preciosos brillantes, engastados en la memoria. De todos suertes, ora porque el placer sea fugaz, ora porque el dolor lo es harto poco, pienso que el mundo pudo haberse arreglado de mejor modo. Por donde quiera que tendamos la vista, se observan claras señales de que la Providencia no había leído las novelas de Pérez Escrich. El mundo del Sr. Escrich, digámoslo de una vez, vale sin comparación más que el del Padre Eterno. ¡Cómo había de consentir nuestro autor que un tunante estuviera comiendo tranquilamente hasta su muerte la fortuna adquirida por el crimen! ¡Ni que un aristócrata deshonrase á una doncella del pueblo sin recibir el condigno castigo! ¡Ni que dos muchachos que se quieren dejen de casarse! Pues de todo esto se ve en el mundo á cada paso, en este pícaro mundo, hecho, á lo que parece, sin conocimiento del Sr. Pérez Escrich.
Pasemos al estilo. El estilo del Sr. Escrich no puede ser...
¿Qué es lo que tenía yo que decirles antes?
¡Ah! sí, prometí á ustedes la historia de unos amores en que juega papel importantísimo el autor de quien tratamos, y no quiero pasar más allá sin cumplir la palabra.
Ya les he dicho que el amor mío, aquel que conocí en la villa de Gijón, leía sin duelo á Pérez Escrich. Yo la amaba á pesar de esto. Tenía unos ojos tan tristes, que al mirarlos huía toda la alegría del corazón y pensaba uno en la muerte. Pero eran tan hermosos como sombríos. Parecía que decían: «amadme, que voy á morir». Después que cambié su amor por la honra de ser el peor jurisconsulto de España, aquellos ojos me produjeron muchas pesadillas.
Un día en que desperté más sentimental que de ordinario me decidí á verlos otra vez, y no sin que se alborotase mi buen juicio, tomé prosaicamente un asiento en el coche de Gijón.
Rodaba el carruaje por la blanca carretera con cenefas de césped. Sobre ella, desde ambas orillas, pendían en apretados piños las manzanas relucientes y sonrosadas, y aún más reluciente y sonrosado aparecía á lo mejor entre el follaje el rostro de alguna campesina. Á los viajeros se les hacía la boca agua. La tarde era de otoño, melancólica y huracanada. Las nubes pasaban ligeras sobre un cielo lívido, perdiéndose al instante de vista cual si acudiesen presurosas á un llamamiento lejano. El polvo cegaba los ojos y blanqueaba los vestidos. Retorcíanse los árboles con angustia cual si pidiesen compasión. Allá del monte venían mil ruidos extraños de ejércitos que se pelean, muchedumbres que rugen y olas que braman. Las amarillentas hojas volaban por los aires de aquí para allá aturdidas y sin saber dónde refugiarse. En los momentos de calma se oía bien el ruido de las campanillas, pero muy pronto se confundía con todos los demás. Los pañuelos rojos y blancos de las muchachas que se paraban á vernos cruzar parecían gallardetes sujetos á esbeltos mástiles. Les costaba mucho trabajo refrenar los ímpetus de sus enaguas ansiosas por saludarnos. La brisa se hizo más húmeda y más acre, y comprendí que estaba cerca de Gijón con su gruñona mar. En Gijón se toma el peor chocolate del mundo.